lunes, 20 de junio de 2011

X-MEN: PRIMERA GENERACIÓN: Lo que sucedió realmente en la crisis de los misiles cubanos


     Vaya por delante que desconozco por completo los cómics protagonizados por los X-Men, a excepción de la espléndida novela gráfica Lobezno: Honor, escrita por Chris Claremont e ilustrada por Frank Miller. Sin embargo ese desconocimiento no me ha supuesto un obstáculo para seguir con cierto interés la saga cinematográfica dedicada a la patrulla X, llegando incluso a disfrutar de sus dos mejores entregas: la espectacular X-Men 2 (X2, Bryan Singer, 2003) y la brillante X-Men: Primera generación (X-Men: First class, Matthew Vaughn, 2011).

     Siguiendo la tendencia impuesta por películas como Batman begins (id, Christopher Nolan, 2005) o Casino Royale (id, Martin Campbell, 2006), X-Men: Primera generación se aparta de los títulos precedentes de su serie para viajar al pasado y explorar los orígenes de sus principales personajes. Este planteamiento acaba beneficiando enormemente a la película de Vaughn puesto que le permite profundizar en uno de los aspectos más interesantes de la saga: la relación entre Charles Xavier, alias Profesor X (James McAvoy), y Erik Lehnsherr, alias Magneto (Michael Fassbender), dos amigos que acabarán enfrentándose por sus opiniones encontradas acerca del modo en que los mutantes deben integrarse en la sociedad. Este viaje a la génesis de los mutantes también incluye la aparición de otros viejos conocidos de la saga como Raven, alias Mística (Jennifer Lawrence), o Hank McCoy, alias Bestia (Nicholas Hoult), mostrando qué les lleva a posicionarse al lado de Xavier y su pacifista proyecto de integración social o al de Erik y sus vengativos planes de lucha contra una humanidad a la que odia.

     Otro gran acierto de la película, y que a mi modo de ver la enriquece notablemente, es su ambientación histórica. Recuperando y ampliando una idea ya presente en la primera entrega de la serie firmada por Bryan Singer, X-Men: Primera generación arranca con un intenso prólogo situado en 1944 en el que un joven Erik pone al descubierto su dominio de la telequinesia cuando es recluido en un campo de concentración nazi. A continuación la acción da un salto hasta 1962 y se sitúa en uno de los episodios más intensos de la guerra fría: la crisis de los misiles cubanos. De este modo los responsables de la película (entre los que se encuentra el propio Singer en calidad de guionista y productor) contextualizan el sencillo pero eficaz discurso sobre la intolerancia ya presente en las anteriores aventuras de los X-Men en momentos históricos precisamente marcados por diversas formas de discriminación: el antisemitismo de la Alemania nazi o el anticomunismo y el anticapitalismo inherentes a la política de bloques de la guerra fría.

     De hecho la película de Vaughn acaba proponiendo una visión alternativa de la crisis de los misiles cubanos como parte del plan del villano Sebastian Shaw (Kevin Bacon) para exterminar a la raza humana. Shaw, precisamente el científico nazi a lo Josef Mengele que realizó oscuros experimentos con el joven Erik en el campo de concentración, pretende provocar una guerra nuclear de la que solo puedan sobrevivir los mutantes como él, en un intento de acelerar el proceso de selección natural que a la larga supondrá la imposición de los mutantes sobre los humanos. De ahí que Shaw y sus esbirros se sirvan de sus habilidades sobrenaturales para coaccionar a políticos y militares tanto estadounidenses como soviéticos con el fin de llevar hasta el límite la carrera armamentística de ambas potencias, provocando directamente el envío de misiles norteamericanos a Turquía y de armas nucleares soviéticas a Cuba. La batalla final entre los mutantes comandados por Shaw y la recién formada patrulla X tendrá lugar precisamente durante el famoso bloqueo naval a Cuba ejercido por la marina estadounidense a fin de impedir la llegada a la isla de nuevos misiles soviéticos; el devenir de los acontecimientos (atención: SPOILER) dará lugar a una insólita situación en la que soldados norteamericanos y rusos acabarán uniendo momentáneamente sus fuerzas para hacer frente a la amenaza mutante.

     X-Men: Primera generación se beneficia no solo de un sólido guión sino también de una inspirada puesta en escena de Matthew Vaughn, en mi opinión mucho más acertado aquí que en su sobrevalorada Kick-ass (id, 2010). Vaughn consigue aportar ritmo al relato con una lograda combinación de elegancia y espectacularidad, introduciendo además sutiles guiños al cine de los 60: véase el decorado de la sala de guerra, claramente inspirado en el que aparecía en ¿Teléfono rojo?, volamos hacia Moscú (Dr. Strangelove or: How I learned to stop worryng and love the bomb, Stanley Kubrick, 1964), o los lujosos artilugios usados por el villano, que inevitablemente traen a la memoria las primeras películas de James Bond; todo ello sin olvidar la secuencia en la que la pantalla se divide en varios segmentos, en lo que también puede verse como una referencia a las viñetas de los cómics.

     Parte del encanto de X-Men: Primera generación decae cuando se centra en la descripción de los más jóvenes integrantes de la patrulla X, en parte porque es en estos momentos cuando el relato se aparta de lo que más interesa: la conversión de Erik en el malvado Magneto, de quien Michael Fassbender brinda una sensacional y antológica interpretación. Por tanto no es de extrañar que los mejores momentos de la película estén todos protagonizados por Erik: la dramática secuencia perteneciente al ya citado prólogo en la que Shaw amenaza con asesinar a la madre de Erik si éste no es capaz de mover una moneda con la mente; el breve pero intenso episodio situado en Argentina, lugar al que un ya adulto Erik viaja en busca de nazis evadidos de la justicia; el espectacular momento en el que, valiéndose de su capacidad para mover objetos metálicos, el mutante consigue hacer emerger un submarino y levantarlo en el aire; o, muy especialmente, (atención: SPOILER) la consumación final de su venganza contra Shaw, momento visualizado por Vaughn con una brillante combinación de travellings laterales de izquierda a derecha, sugiriendo de este modo la irreversible transformación de Erik en Magneto que tal acto conlleva. La magnífica banda sonora de Henry Jackman y las más que correctas interpretaciones ponen el broche de oro a una película que ya puede considerarse junto con Spider-man 2 (id, Sam Raimi, 2004), El caballero oscuro (The dark knight, Christopher Nolan, 2008) y Hellboy II: El ejército dorado (Hellboy II: The golden army, Guillermo del toro, 2008) como una de las mejores aventuras de superhéroes de los últimos años.


viernes, 6 de mayo de 2011

James Newton Howard y la banda sonora de LA JOVEN DEL AGUA


     Puede que ninguna de las películas de M. Night Shyamalan haya dividido tanto a los espectadores como La joven del agua (Lady in the water, 2006): hay quien la odia y quien la ama con devoción, y lo que para unos es ridículo y absurdo a otros les resulta emotivo y fascinante. Puede que ello se deba a lo radical de esta propuesta del cineasta hindú, pues La joven del agua es sin duda una de las piezas más extrañas, arriesgadas y personales de su filmografía. Si los relatos de Shyamalan siempre se han caracterizado por su descripción de un mundo real y cotidiano en el que se encuentran agazapados numerosos elementos sobrenaturales, visibles tan solo para aquellos que saben mirar, La joven del agua lleva esa idea a su máxima expresión, narrando una fábula repleta de seres fantásticos en un contexto tan cercano como un modesto bloque de apartamentos en Filadelfia. No menos cercano y común es Cleveland Heep, el improvisado héroe de este cuento de hadas para adultos interpretado por ese grandísimo actor que es Paul Giamatti. Cleveland, tímido conserje del bloque de apartamentos The Cove, verá cómo su vida cobra sentido cuando en ella aparezca Story, una ninfa acuática interpretada con equilibradas dosis de ingenuidad y misterio por Bryce Dallas Howard. El empeño de Cleveland de proteger a Story y devolverla a su mundo le enseñará a observar cómo en el aparentemente banal entorno que le rodea existen criaturas que se sumergen en la piscina o que se esconden en el césped alejándose de la vista de los seres humanos.

     La joven del agua es en mi opinión una espléndida y encantadora película, sin duda la mejor de su director junto con El protegido (Unbreakable, 2000). Su brillante puesta en escena, de aparente sencillez pero gran elaboración, y su irónico sentido del humor (a destacar las apariciones del antipático crítico de cine interpretado por Bob Balaban) convierten lo que podría haber sido un simple cuento infantil en una divertida y a la vez conmovedora metáfora sobre la necesidad de fantasía en un mundo tan tristemente real como el nuestro (véanse las imágenes de la guerra de Irak que numerosos personajes ven por televisión en la soledad de sus apartamentos). Además Shyamalan, tal y como ya hizo en su anterior El bosque (The village, 2004), lleva a cabo una interesante reflexión sobre los mecanismos de la narrativa: si en aquella película mostraba la importancia y la necesidad de crear mitos a fin de preservar la seguridad de una pequeña comunidad, en La joven del agua son los propios personajes los que deben descubrir y aceptar su propio rol dentro de una leyenda convertida en realidad.

     La calidad de la película de Shyamalan se ve sublimada en todo momento por la extraordinaria banda sonora compuesta por James Newton Howard. Desde que director y compositor colaboraran por primera vez en El sexto sentido (The sixth sense, 1999) su ininterrumpida colaboración nos ha regalado partituras tan sobresalientes como las de El protegido, Señales (Signs, 2002) o El bosque. Resulta muy difícil decidir cuál de estas composiciones es la mejor, pero personalmente me decanto por La joven del agua, una de las mejores bandas sonoras de la última década y uno de los grandes trabajos del magnífico compositor de El fugitivo (The fugitive, Andrew Davis, 1993).

     La joven del agua se inicia con un prólogo en el que se nos relata la leyenda de las criaturas del agua, unos seres que en tiempos remotos inspiraban al hombre realizando predicciones sobre su futuro; la relación entre el mundo mágico del agua y el mundo de los hombres finalizó cuando éstos viajaron tierra adentro y dieron rienda suelta a su codicia. Este relato, narrado por una voz en off sobre una sucesión de dibujos infantiles, cumple perfectamente su propósito de introducir al espectador en un contexto fantástico e irreal por más que tenga lugar en nuestro mundo y en la actualidad. La maravillosa música de James Newton Howard, con su combinación de coros, piano y cuerda, nos invita a entrar en este mundo de ensueño, introduciendo el tema principal de la partitura que siempre estará asociado al personaje de Story.


     Una parte importante de la banda sonora está dedicada a los momentos de mayor tensión, como por ejemplo las amenazadoras apariciones de los Scrats, unas bestias fantásticas que quieren acabar con la vida de Story. No obstante el momento de suspense más logrado es quizá la brillante secuencia subacuática en la que Cleveland inspecciona la caverna en la que se ocultaba Story en busca de un ungüento que le permita sanarla de las heridas inflingidas por los Scrats. La banda sonora acompaña de manera espléndida las imágenes con distintos colores musicales, adoptando al principio una textura sobrenatural con la combinación del piano y de unos coros angelicales, expresando así la sorpresa de Cleveland al descubrir el mundo subterráneo; a continuación la música pasa a reflejar la tensión que se acumula cuando el protagonista se queda encerrado y sin oxígeno en el interior de la cámara, todo ello hasta culminar en un gran crescendo final con la desesperada salida de Cleveland a la superficie.


     Otro de los mejores momentos de la partitura pertenece a la secuencia en la que Story, mientras se cura de sus heridas bajo la ducha, se sirve del lenguaje de los gestos para proporcionar pistas acerca del modo en que Cleveland debe ayudarla a volver a su mundo. James Newton Howard se acerca al minimalismo musical con el uso de una retentiva frase melódica que se repite de un modo constante, aportando una gran intensidad a los avances de Cleveland mientras busca ayuda entre los vecinos de The Cove. El obsesivo uso de las cuerdas, que trae a la memoria ciertos pasajes de la banda sonora de Señales, se combina en la parte final con el emotivo tema de Story.


     Pero el momento álgido tanto de la película como de la banda sonora es la secuencia final, aquélla que ilustra el último intento de Story de ser recogida por una gran águila que la devolverá al mundo del agua, momento culminante en el que por fin todos los vecinos de The Cove descubren su verdadera función en este cuento de hadas. En respuesta tanto a la espectacularidad de las imágenes como al cariz revelador de lo que acontece, la música alcanza grandiosas cotas de épica con el uso de los coros y de toda la orquesta al completo. La secuencia termina recuperando el intimismo con el leitmotiv de la joven del agua, tema que arropa la emocionante despedida final de los dos protagonistas.


     La joven del agua concluye con una memorable imagen de Cleveland visto desde el interior de una piscina, la misma de la que misteriosamente surgió Story en su primer encuentro. Entonces la imagen funde a negro y aparecen los títulos de crédito, momento en el que empieza a sonar el leitmotiv asociado al protagonista masculino. Dicho tema ha aparecido brevemente a lo largo de la película, pero es aquí donde James Newton Howard lo desarrolla en toda su plenitud, siendo interpretado primero por el piano (quizá para describir la soledad de Cleveland) y después por las secciones de viento y cuerda, poniendo el broche de oro a una estupenda película y a uno de los mejores trabajos de su autor.


jueves, 14 de abril de 2011

CISNE NEGRO: Las dos caras de Nina



     Nina Sayers, la bailarina de ballet magistralmente interpretada por Natalie Portman en Cisne negro (Black swan, Darren Aronofsky, 2010), se ve abocada al camino repleto de sacrificio, dolor y sufrimiento que todo artista debe atravesar hasta llegar a la excelencia. Nina dedica todo su existencia a perfeccionar su técnica artística con la esperanza de que algún día tenga la oportunidad de demostrar su talento; una oportunidad que llega cuando Thomas Leroy (Vincent Cassel), director de la compañía de ballet en la que Nina trabaja, la escoge a ella para protagonizar El lago de los cisnes en substitución de Beth (Winona Ryder), una estrella que ha dejado de brillar. El problema es que la inocente y frágil Nina, tan idónea para interpretar al Cisne blanco de la obra de Tchaikovsky, tiene que interpretar también al Cisne negro, lo que la obligará a bucear en las facetas más recónditas de su personalidad en un proceso en el que saldrán a la luz todos sus demonios personales.

     El duro camino que atraviesa Nina mientras se prepara para dar vida a su doble papel en El lago de los cisnes no solo es un retrato sobrecogedor del mundo del ballet, en el que sus integrantes deben someter sus cuerpos a una agotadora sucesión de ejercicios al tiempo que llevan una vida totalmente despojada de banalidades; es también la descripción de cómo una artista pone en peligro su estabilidad mental al impregnarse del carácter de los personajes a los que interpreta. Es por ello que, progresivamente y sin ser consciente de ello, Nina empieza a ver a las personas que la rodean como si fueran los personajes de la obra de Tchaikovsky: a sus ojos Leroy es el príncipe que la escoge entre los demás cisnes, sin ser consciente de que todo lo que Leroy hace (insinuaciones amorosas incluidas) forma parte de cómo manipula a los bailarines con el fin de sacar lo mejor de ellos en el escenario; Lily (Mila Kunis), la bailarina que amenaza con sustituir a Nina si ésta no está a la altura de las circunstancias, es el Cisne negro que amenaza con arrebatar aquello que la protagonista anhela, es decir la aprobación de su príncipe Leroy; Erica (Barbara Hershey), la posesiva madre de Nina, se comporta como la bruja que convierte a las jóvenes en cisnes, despojando de libertad a su hija y obligándola a vivir bajo sus estrictas normas de disciplina…

     Cisne negro se centra exclusivamente en el punto de vista de Nina, por lo que no es de extrañar que sobre la película planee constantemente la idea de la dualidad, en consonancia con la mirada de un personaje obligado a buscar en su interior una personalidad oculta y reprimida. Así, en los inquietantes momentos en los que Nina vislumbra a una mujer exactamente igual a ella o en esos instantes en los que su imagen reflejada en el espejo parece cobrar vida propia, Aronosky recurre a la temática del doble o doppelgänger, un reflejo invertido que muestra los aspectos más negativos y turbulentos de la persona a la que acompaña y que cuenta con una larga tradición literaria con nombres como Edgar Allan Poe, E.T.A. Hoffmann o Robert Louis Stevenson. Por otro lado el realizador de la espléndida La fuente de la vida (The fountain, 2006) recurre a la presencia constante de reflejos en espejos o ventanas, así como al parecido físico de Natalie Portman y Mila Kunis que en ocasiones sirve para confundirlas a los ojos del espectador.

     En las imágenes de Cisne negro resuenan los ecos de numerosos referentes cinematográficos. La enfermiza relación de la protagonista con su madre, que proyecta en ella toda su frustración por no haber podido triunfar en el mundo del ballet, recuerda inevitablemente a las obsesivas madres del cine de Alfred Hitchcock, especialmente a la de Marnie, la ladrona (Marnie, 1964). Los temores de Nina de acabar como su predecesora Beth, así como situaciones concretas como la visita en el hospital, traen a la memoria El quimérico inquilino (Le locataire, Roman Polanski, 1976). El retrato de las bailarinas de ballet, siempre temerosas de que alguien les robe su papel, hace pensar en el de las actrices teatrales en Eva al desnudo (All about Eve, Joseph L. Mankiewicz, 1950). Pero quizás el referente cinematográfico más llamativo de Cisne negro es Perfect blue (id, 1998), interesante cinta de animación del recientemente fallecido Satoshi Kon: tanto la Nina de Aronofsky como la Mima de Kon ven cómo peligra su estabilidad mental al padecer las más oscuras consecuencias del mundo del espectáculo, viéndose obligadas a despojarse de su apariencia virginal con el fin alcanzar el éxito.

     De todos modos puede que resulte más significativo observar las relaciones que Aronofsky traza con su anterior largometraje, el interesante aunque un tanto sobrevalorado El luchador (The wrestler, 2008). No por casualidad el cineasta ha admitido que ambas películas parten de una idea común, la de la relación amorosa entre un veterano de la lucha libre y una joven bailarina de ballet, dos personas que someten su cuerpo a un duro castigo con el fin de alcanzar la perfección en sus respectivos oficios; al dividir esa idea original en dos historias, El luchador y Cisne negro, Aronofsky alumbró dos películas muy diferentes pero al mismo tiempo complementarias. Mientras que el personaje interpretado por Mickey Rourke en El luchador se deja la piel practicando la lucha libre como forma de autoafirmación personal, el interpretado por Natalie Portman en Cisne negro lo sacrifica todo en su camino hacia la perfección artística. El destino de ambos personajes (atención: SPOILER) es prácticamente idéntico, con un dramático salto al vacío en el que tanto el luchador como la bailarina culminan su trayectoria vital del mejor modo que pueden, mostrando su dominio del arte ante su público.

     Cabe admitir que todo este carrusel de referencias provoca que el desarrollo argumental de Cisne negro se vea afectado por una cierta previsibilidad, pero a pesar de ello la película hace gala de una gran personalidad propia. En un planteamiento estético no exento de riesgo Darren Aronofsky filma la película optando por recursos formales (una fotografía en la que predominan los tonos fríos, un uso casi constante de la cámara al hombro, numerosos planos de seguimiento de la protagonista) que le confieren una pátina realista, lo que hace aún más chocantes los pasajes en los que en la mente de Nina se desdibuja la línea que separa la cordura de la locura. Todo ello confluye en una larga y magnífica secuencia final, la esperada representación de El lago de los cisnes, que cierra la historia de manera tan hermosa como sobrecogedora, tan emotiva como trágica. Quizás Cisne Negro no sea una película tan excepcional como se ha dicho, pero lo cierto es que con todos sus pros y sus contras se revela como una obra notable que emerge con fuerza entre el empobrecido panorama cinematográfico de los últimos meses.


lunes, 21 de marzo de 2011

Un thriller existencialista: EL AMERICANO


     Aunque el personaje interpretado por George Clooney en El americano (The american, Anton Corbijn, 2010) dice llamarse Jack, no resulta descabellado pensar que ése no sea su auténtico nombre. De hecho Clara (Violante Placido), la prostituta de la que se enamora, le conoce con el nombre de Eduardo, y tanto ella como la misteriosa Mathilde (Thekla Reuten) le llaman en alguna ocasión Señor Mariposa, aunque por diferentes motivos: en el caso de Clara debido a uno de los tatuajes que observa en el cuerpo de Jack; en el caso de Mathilde por una solitaria mariposa que en cierta ocasión tanto ella como el americano observan en el campo, y que no solo les conmueve por su belleza sino también porque su especie está en peligro de extinción. La asociación entre Jack y las mariposas queda además sugerida por la inclusión en la banda sonora de un aria de la ópera de Puccini Madame Butterfly. Y es que la existencia de Jack no deja de tener ciertas similitudes con la de las mariposas: como ellas necesita transformarse para sobrevivir y, al igual que la mariposa vista en el campo, él mismo está en peligro de desaparecer: Jack es un profesional del asesinato, y como tal su vida está condenada al aislamiento y a la expectativa de ser atacado en cualquier momento. De su soledad y de sus remordimientos es de lo que realmente trata El americano.

     Desde el principio del relato Jack se encuentra abatido debido a la constatación de que en su existencia no caben más personas que él mismo: en la primera secuencia su idílico reposo en un paraje nevado de Suecia se ve violentamente interrumpido con el enfrentamiento con unos asesinos, trágico suceso durante el cual la amante de Jack perderá la vida. Necesitado de un lugar donde esconderse, el americano recalará en Castel del Monte, una pequeña y tranquila localidad situada en los Abruzos. A pesar de las advertencias del inquietante Pavel (Johan Leysen) sobre su necesidad de no hablar con nadie, Jack no podrá evitar relacionarse con dos personas que cumplirán un importante papel en su reconsideración vital: el padre Benedetto (Paolo Bonacelli), quien le mostrará una gran capacidad de comprensión, y Clara, con quien encontrará la posibilidad de dejar atrás su tormentoso pasado.

     El americano centra su atención en el retrato psicológico de Jack, conseguido no gracias a los escasos diálogos de la película sino por detalles y gestos concretos. Buena muestra de ello son los encuentros de Jack con el padre Benedetto, en los que el primero se hace pasar por un fotógrafo especializado en retratar paisajes pero no personas, y más interesado en fotografiar las casas y los paisajes de los Abruzos que en estudiar su historia local: Jack es un hombre más preocupado por fundirse con su entorno que por conocer a las personas que le rodean, y necesita vivir el presente antes que atormentarse por su historia personal repleta de muertes. No menos reveladoras resultan sus visitas a Clara, que no por casualidad se producen siempre después de que Jack trabaje en la fabricación del arma que Mathilde le ha encargado: tras trabajar en un instrumento destinado a matar, el protagonista necesita refugiarse en los brazos de la mujer en busca del único contacto humano que puede permitirse.

     Lo que más sorprende de El americano en su ritmo lento y pausado, absolutamente a contracorriente del cine que se estila hoy en día. Hacía tiempo que un relato criminal no se tomaba tanto tiempo en describir situaciones y estados de ánimo: ningún plano ni ninguna escena sobran en la película de Anton Corbijn, todos contribuyen a aportar información y, sobretodo, a describir la soledad de Jack. De este modo abundan en la película los planos en los que el director se sirve del formato panorámico y de la amplitud de los paisajes, ya sean urbanos o naturales, para aislar al protagonista de aquello que le rodea, mostrando sin estridencias su desamparo y su tristeza vital.

     En efecto El americano tiene muy poco que ver con el cine más reciente; de hecho no cuesta detectar los auténticos referentes cinéfilos de la película de Anton Corbijn. Está por un lado el western, referenciado no solo en su homenaje directo a Hasta que llegó su hora (C’era una volta il west, Sergio Leone, 1968), sino también por las características físicas del entorno en el que acontece la acción o por situaciones propias del cine del oeste como la llegada de un forastero a un pequeño poblado en el que todos le miran con inquietud y cierto temor. Está por otro lado el cine policíaco europeo de los años 60 y 70, y no solo en lo que se refiere a sus localizaciones italianas: las brillantes secuencias en las que Jack prueba su arma en el campo recuerdan a Chacal (The day of the Jackal, Fred Zinnemann, 1973), mientras que el personaje de George Clooney, así como su interiorizada y silenciosa interpretación, no está muy lejos del Alain Delon de sus espléndidas colaboraciones con Jean-Pierre Melville: El silencio de un hombre (Le samouraï, 1967), Círculo rojo (Le cercle rouge, 1970) y Crónica negra (Un flic, 1972), todas ellas muestras de género con un planteamiento estético similar al de la película de Corbijn.

     El ameriano es además una película de una gran belleza formal en la que el realizador y el director de fotografía Martin Ruhe sacan un magnífico partido tanto de los bellos paisajes de los Abruzos como del pueblo de Castel del Monte, que con sus serpenteantes callejuelas configura un hermoso laberinto en el que la incertidumbre y el peligro acechan en cada esquina. Cabe destacar momentos de suspense tan logrados como los paseos nocturnos de Jack o los instantes en los que se encuentra repentinamente solo en bares o restaurantes, convirtiéndose inesperadamente en un blanco perfecto para sus enemigos. No menos logrados resultan los breves pero intensos estallidos de violencia, que hacen gala de una estudiada planificación que consigue que el espectador siga la acción en todo momento, sintiendo en su propia carne la desesperación de un profesional de la muerte que ya no puede confiar en nada ni en nadie. Todo ello hace de El americano uno de los thrillers más atípicos e interesantes de los últimos años.


lunes, 28 de febrero de 2011

NUNCA ME ABANDONES: La novela de Kazuo Ishiguro


     Escritor de origen japonés aunque educado en Inglaterra, Kazuo Ishiguro es sin lugar a dudas uno de los autores más respetados de las letras inglesas. Nunca me abandones (2005) es, quizá junto con Los restos del día (1989), su obra más elogiada, hasta el punto de haber sido considerada por la revista Time como la mejor novela de la pasada década. Narrada con el habitual estilo sensible y detallista del autor de la también recomendable Pálida luz en las colinas (1982), Nunca me abandones destaca por la belleza y la elegancia con las que Ishiguro nos acerca a la existencia de unos personajes condenados a un futuro terrible y atroz, en lo que acaba siendo una metáfora sobre la fugacidad de la vida y los mecanismos que la sociedad tiene para decidir el destino de las personas sin que éstas puedan hacer nada para cambiarlo.

     Nunca me abandones está narrada en primera persona por Kathy, quien a la edad de 31 años rememora los recuerdos de su adolescencia y primera juventud. Su memoria nos lleva a Hailsham, el colegio privado en el que creció junto a las dos personas más importantes de su vida: Ruth, una chica mucho más vitalista y decidida que ella, y Tommy, un joven introvertido pero impulsivo y con problemas de autocontrol. Los recuerdos de Kathy nos muestran cómo a lo largo de los años evoluciona la relación entre los tres y, sobre todo, de qué modo hacen frente a su cometido en el mundo, un secreto a voces en Hailsham que se va revelando a medida que sus alumnos se convierten en adultos.

     Kazuo Ishiguro insinúa desde la primera página la verdad que se oculta en Hailsham y que los protagonistas irán descubriendo a lo largo del primer tercio de Nunca me abandones: Kathy, Ruth, Tommy y los demás alumnos del centro son clones y su futura función en la sociedad es la de donar sus órganos vitales, sacrificando su vida en beneficio de una sociedad que trata de ignorarles hasta que les necesita para sobrevivir. La revelación de esta terrible realidad, mostrada por Ishiguro de manera meticulosa y paulatina, transmite magníficamente el calculado método seguido por los educadores de Hailsham para predisponer a sus alumnos a aceptar resignadamente su condición, al tiempo que describe la inquietante naturalidad con la que los jóvenes aceptan su trágico destino.

     El propio Ishiguro asegura que su novela no trata sobre la clonación: más allá de que los protagonistas de Nunca me abandones sean clones (palabra que por cierto tan solo aparece escrita en un par de ocasiones a lo largo del libro) lo realmente importante es de qué modo los personajes encaran una existencia condenada a la brevedad, esperando estoicamente el momento en el que se verán obligados a sacrificarse. Este sentimiento de desesperanza se ve potenciado por la falta de tremendismo con que la historia es narrada por Kathy, quien desde la edad adulta dirige su serena mirada hacia una generación que está a punto de desaparecer. Y es que, a pesar de su temática, Nunca me abandones es una novela que se resiste a enmarcarse en el género de ciencia ficción; de hecho su acción ni siquiera se sitúa en el futuro sino en la Inglaterra del último tercio del siglo XX, en lo que puede verse como un mundo paralelo (o, como Ishiguro lo llama, una “ficción alternativa”) en el que la clonación ha sido desarrollada y aceptada por la sociedad. Es por ello que los hechos que Kathy narra no pueden resultar sorprendentes para sus coetáneos, de ahí que rehúya del dramatismo a la hora de describir el día a día de unos jóvenes creados de manera artificial única y exclusivamente para salvar las vidas de los demás. Lo que, dentro de la narración, convierte en único el manuscrito de Kathy es su carácter de testimonio de su sensibilidad y humanidad, o de aquello que las personas de su época dudan que ella pueda tener debido a su condición de clon: alma.

     Nunca me abandones hace gala de una emoción contenida que estalla en los pasajes en los que los protagonistas deciden hacer frente a su situación: el inolvidable viaje a Norfolk en busca de la posible madre biológica de uno de ellos; el conmovedor gesto final de Ruth hacia Kathy y Tommy; el viaje de estos dos a Littlehampton en un intento final de cambiar su destino… Lo que queda es una espléndida novela en la que su escritor alcanza cotas de extraordinaria delicadeza en el retrato de unos personajes inolvidables.

     Era cuestión de tiempo que un libro tan exitoso como el de Ishiguro fuera llevado al cine. El propio escritor se ha implicado directamente en la adaptación que ha dirigido Mark Romanek, director conocido por vídeos musicales como el magnífico Hurt (2002) y por el extraño pero interesante largometraje Retratos de una obsesión (One hour photo, 2002). Difícilmente esta segunda traslación al cine de la obra de Ishiguro alcanzará la brillantez de Lo que queda del día (The remains of the day, James Ivory, 1993), basada en Los restos del día y en mi opinión una de las mejores películas de los años 90, pero la adaptación de Romanek cuenta con el atractivo de un prometedor reparto encabezado por Carey Mulligan como Kathy, Keira Knightley como Ruth y Andrew Garfield como Tommy. Nunca me abandones (Never let me go, 2010) tiene su estreno previsto en España el próximo 11 de marzo.


domingo, 6 de febrero de 2011

MÁS ALLÁ DE LA VIDA: ¿Un Eastwood menor?



     Más allá da la vida (Hereafter, 2010), la nueva película dirigida por Clint Eastwood, ha sido recibida con más suspicacias de las acostumbradas en la obra más reciente de su autor. De entrada se anunciaba este nuevo largometraje como el primero de Eastwood inscrito en el género fantástico o de temática sobrenatural; tampoco ha faltado quien ha comparado Más allá de la vida con el cine de M. Night Shyamalan o, sobre todo, quien ha sentenciado que la nueva (que no última) obra del director de Gran Torino (id, 2008) no es más que un título menor y totalmente prescindible dentro de su filmografía.

     Sin embargo quien conozca bien la obra de Clint Eastwood ya conoce su tendencia a renovarse constantemente sin dejar de ser fiel a sí mismo, lo que da pie a que el cineasta nos sorprenda con aparentes cambios de rumbo que, en el fondo, guardan una gran coherencia con el resto de su obra. Por tanto no hay más que acercarse a sus películas de manera desprejuiciada para comprobar que casi nada de lo que se esperaba de ellas era cierto. Más allá de la vida no es una excepción. Para empezar no se trata exactamente de la primera película de Eastwood con cierto contenido sobrenatural en su argumento -recuérdense los fantasmagóricos protagonistas de Infierno de cobardes (High plains drifter, 1973) y El jinete pálido (Pale rider, 1985) o incluso la atmósfera enrarecida de algunos pasajes de Medianoche en el jardín del bien y del mal (Midnight in the garden of good and evil, 1997)-, y una vez vista resulta un tanto exagerado encuadrarla dentro del cine fantástico, siendo más bien un drama protagonizado por personas que de un modo u otro presienten que existe una vida después de la muerte. La película tampoco tiene mucho que ver con el cine de Shyamalan más allá de la presencia de la excelente actriz Bryce Dallas Howard, quien protagonizó dos interesantes películas del famoso cineasta hindú, El bosque (The village, 2004) y La joven del agua (Lady in the water, 2006). Por último Más allá de la vida no es ni mucho menos una película menor: si bien no llega al nivel de las obras maestras de Eastwood -El jinete pálido, Sin perdón (Unforgiven, 1992), Mystic river (id, 2003), Million dollar baby (id, 2004), Banderas de nuestros padres (Flags of our fathers, 2006), Cartas desde Iwo Jima (Letters from Iwo Jima, 2006), El intercambio (Changeling, 2008)- no por ello deja de ser una obra realmente notable que nos recuerda el formidable momento creativo por el que está pasando su director.

     Adoptando una estructura inédita hasta ahora en la filmografía de Eastwood, Más allá de la vida narra paralelamente las historias de tres personas cuyo destino se unirá en el desenlace de la película. El vínculo que une a los tres protagonistas es una experiencia relacionada con la muerte que les cambia para siempre: Marie (Cécile de France) trata de sobreponerse a la terrible experiencia que vivió al sobrevivir a un tsunami, suceso durante el cual permaneció muerta durante unos breves instantes; George (Matt Damon, en una de sus mejores interpretaciones) desarrolla la capacidad de comunicarse con los muertos, un don que le dificulta entablar relaciones sociales; Marcus (Frankie McLaren) trata de superar la muerte de su hermano gemelo Jason (George McLaren) sintiendo la necesidad de contactar con él… Las tres historias son narradas por Eastwood con un tono sobrio y sensible, consiguiendo retratar las emociones de los personajes sin caer en el sentimentalismo. Más allá de la vida es ante todo una nueva muestra de un talento especial que Eastwood ha desarrollado a lo largo de su carrera y que ha culminado en grandes logros durante su última etapa: la humanidad y cercanía que desprende la descripción de los personajes.

     La película brilla a gran altura en la descripción de la vida cotidiana de los tres protagonistas, caracterizada por una soledad que les hace sentirse alienados del mundo en el que viven. Sin ir más lejos Marie es una periodista de gran éxito cuya existencia nunca volverá a ser la misma tras su traumática experiencia durante el tsunami -suceso narrado por Eastwood en una antológica secuencia que no solo destaca por su perfección técnica, sino ante todo por la maestría con la que el director nos coloca en la piel de las víctimas que tratan de sobrevivir a un desastre natural de semejante magnitud-. Al regresar a París Marie ya no podrá seguir siendo esa periodista de éxito cuya imagen aparecía en pancartas publicitarias distribuidas por toda la ciudad: tras abandonar su investigación sobre François Mitterrand, la mujer centrará toda su atención en algo que no puede apartar de su cabeza tras haber estado a punto de morir: la existencia de un más allá. El nuevo rumbo tomado por la vida de Marie le costará su trabajo y su relación sentimental con Didier (Thierry Neuvic), ganándose además el desprecio de sus compañeros al interesarse por una espiritualidad que no encaja en el mundo materialista en el que éstos trabajan.

     No menos desolador resulta el retrato del entorno familiar de Marcus y Jason. Al principio del relato Eastwood describe magistralmente su duro día a día con una par de pinceladas: los dos hermanos utilizan sus escasos ahorros para hacerse un retrato fotográfico que, cuidadosamente colocado en la mesa de la cocina, esperan que llame la atención de su madre Jackie (Lyndsey Marshal) dándole fuerzas para abandonar sus problemas con el alcohol; no obstante cuando la mujer regrese ebria a casa ignorará por completo el conmovedor gesto de sus hijos. A la mañana siguiente se producirá una tensa situación cuando los dos niños reciban la visita de dos trabajadores de servicios sociales y tengan que disimular los efectos de la borrachera de su madre. Con estos apuntes Eastwood nos presenta no solo el duro entorno en el que han crecido los niños, sino también el sentimiento de dependencia que Marcus siente hacia Jason y que será su principal problema cuando éste último muera en un trágico accidente: al ser separado de su madre para que ésta supere su alcoholismo en un centro de recuperación, Marcus se verá incapaz de relacionarse con sus padres de acogida, obsesionándose en conservar vivo el recuerdo de su hermano (lo que da pie a un espléndido momento: el niño pide colocar dos camas en su nueva habitación, una para él y otra para Jason, a quien se dirige imaginariamente para desearle las buenas noches) y recurriendo a la consulta de dudosos parapsicólogos (vistos por Eastwood con una gran ironía que les retrata como a unos meros charlatanes que se enriquecen a costa del sufrimiento ajeno).

     Pero es en la descripción de la soledad de George donde la película ofrece sus mayores logros. Su secuencia de presentación nos lo muestra aceptando a regañadientes la petición de contactar con los seres queridos de un extraño; pronto sabremos que George se dedicaba en el pasado a la parapsicología pero que decidió alejarse de ese mundo debido a que su don le obligaba a conocer los secretos más íntimos y oscuros de sus allegados, imposibilitándole entablar amistades o una relación sentimental. Sus deseos de empezar una nueva vida desde cero quedan retratados en las excelentes secuencias en las que asiste a un curso de cocina, lo que le da la oportunidad de conocer a Melanie (Bryce Dallas Howard), una bella mujer por la que se siente atraído. La evolución de la relación entre ambos da pie a las dos mejores secuencias de Más allá de la vida. En la primera George y Melanie realizan un ejercicio del curso de cocina en el que uno debe dar a probar distintos sabores al otro mientras éste lleva los ojos vendados; la sensualidad del momento y la intimidad que se crea en ese instante propicia que tanto George como Melanie empiecen a sincerarse el uno con el otro, declarándose su interés mutuo. La segunda secuencia, que sigue a la anterior, se sitúa en la casa de George y nos muestra con qué rapidez su don secreto queda expuesto a los ojos de Melanie; la joven, movida por la curiosidad, le pedirá a George que lea en su interior y trate de contactar con sus familiares fallecidos; tras dudarlo mucho George lo hará, poniendo al descubierto dolorosos recuerdos que Melanie preferiría haber mantenido en secreto y que borrarán la posibilidad de una relación amorosa entre ambos. Las posteriores y sucesivas escenas en las que aparece George cenando a solas en su cocina muestran el precio que el protagonista debe pagar por tener una habilidad que le ha sido otorgada a su pesar; él mismo sintetizará los sinsabores de su existencia cuando afirme que “una vida que se basa en la muerte no es una vida”.

     Además de la soledad (protagonista de gran parte del cine de Clint Eastwood) otro tema muy presente en esta espléndida película es cómo en apenas unos segundos el azar puede cambiar nuestras vidas para siempre. En la primera secuencia de la película el azar induce a Marie a salir a la calle para comprar unos regalos, lo que la llevará a verse arrollada por el tsunami. También aparentemente por azar George desarrolla su capacidad de contactar con los muertos y (atención: SPOILER) Marcus no se sube a un metro de Londres para recoger su gorra caída al suelo, salvándose así de un atentado terrorista. Pero el azar también será el encargado de unir los destinos de George, Marie y Marcus (quienes viven en ciudades tan alejadas entre sí como San Francisco, París o Londres) consiguiendo que los tres crucen sus caminos en la capital inglesa. En la conclusión abierta de Más allá de la vida Eastwood mostrará la oportunidad que los protagonistas tienen de aliviar su soledad y dar así un nuevo giro a sus vidas, dejando que el espectador imagine si lo conseguirán o no.

sábado, 15 de enero de 2011

Las mejores películas de 2010



     Redactar una lista de las mejores películas del año siempre tiene algo de precipitado y provisional: se cae en el riego de infravalorar o sobrevalorar películas que en la mayoría de los casos solo han sido vistas una vez, todo ello sin mencionar cintas que aún no han sido vistas en el momento de escribir el listado. Sin ir más lejos, revisando mi lista de las mejores películas de 2009 lamento la ausencia de algunas películas que aún no conocía en el momento de su redacción, entre ellas la maravillosa El secreto de sus ojos (Juan José Campanella, 2009). Hechas estas advertencias pasemos a rememorar el que a mi juicio ha sido el mejor cine estrenado en España a lo largo de 2010.

1. El escritor de Roman Polanski


     Sé que hay quien piensa que El escritor (The ghost writer, 2010) es un título menor dentro de la filmografía de Roman Polanski. No estoy de acuerdo. La última película del director de Chinatown (id, 1974) debería servir de ejemplo de cómo en manos de un gran director lo que podría haber sido un meramente aceptable thriller de intriga política se puede convertir en un deslumbrante ejercicio de estilo. De este modo El escritor es una apasionante y magistral obra que solo podía haber surgido de la mano del autor de El quimérico inquilino (Le locataire, 1976), pues su firma se siente en cada una de las secuencias de la película. Y además El escritor nos recuerda la grandeza de los clásicos vivientes: no resulta casual que un director septuagenario como Polanski nos haya regalado la imagen más inolvidable de todo el cine de 2010, el extraordinario e inquietante plano que cierra la película y en el que, al igual que en el resto de la cinta, lo que de verdad importa es lo que no se ve pero se percibe como una terrible realidad. (Ver entrada)

2. Origen de Christopher Nolan


     Resulta difícil decir si Origen (Inception, 2010) es mejor que otras joyas de Christopher Nolan como Insomnio (Insomnia, 2002) o El truco final (The prestige, 2006), pero de lo que no cabe la menor duda es de que esta película debería suponer todo un hito para el cine contemporáneo, una lección de cómo el buen cine puede ser inteligente, arriesgado y personal sin renunciar a su vocación de espectáculo capaz de atraer a todo tipo de público. Y es que, puestos a soñar como lo hacen los personajes de Origen, el cine de Nolan debería servir de modelo para las superproducciones que surjan de Hollywood en los próximos años, algo no tan descabellado de pensar si se tiene en cuenta su éxito y lo mucho que han dado que hablar tanto Origen como El caballero oscuro (The dark knight, 2008). Tampoco parece casual que la cinta de ciencia ficción más fascinante de los últimos años haya surgido de la reunión de Nolan con Leonardo DiCaprio, actor que a esta alturas ya se ha convertido en toda una garantía de calidad como demuestra también su última colaboración con Martin Scorsese comentada líneas más abajo. (Ver entrada)

3. Two lovers de James Gray


     Resulta lamentable que una película de la calidad de Two lovers (id, James Gray, 2008) haya sido estrenada en España con dos años de retraso. Más allá de lo que este hecho sugiere sobre el lamentable estado de la distribución cinematográfica en este país, no resulta exagerado considerar a Two lovers como uno de los mejores melodramas de los últimos años, siendo además la demostración de que el talento de James Gray no se limita al género policíaco. El director de las espléndidas La otra cara el crimen (The yards, 2000) y La noche es nuestra (We own the night, 2007) nos ofrece la dolorosa y conmovedora historia de un triángulo amoroso magníficamente interpretado por Joaquin Phoenix, Gwyneth Paltrow y Vinessa Shaw. Cine con mayúsculas. (Ver entrada)

4. Nine de Rob Marshall


     Si este año existe una película a reivindicar ésa sin duda es Nine (id, Rob Marshall, 2009). Y es que parece que soy una de las pocas personas a las que les encantó este espléndido musical que confirma el talento que para este difícil género tiene el director de la memorable Chicago (id, 2002). Nine sabe ir más allá del mero homenaje al cine de Federico Fellini para erigirse en un espectáculo adulto, ingenioso y divertido. Un reparto de lujo en el que destaca una maravillosa Marion Cotillard, una puesta en escena de una elegancia sin parangón y una estupenda colección de canciones convierten a Nine en un deleite para los sentidos. (Ver entrada)

5. Shutter Island de Martin Scorsese


     El mejor Scorsese desde Casino (id, 1995) y sin duda el film más terrorífico de su carrera, Shutter Island (id, 2010) presenta además una de las atmósferas más densas y perturbadoras que se han visto en mucho tiempo. Scorsese hace gala de su extraordinaria habilidad a la hora de comunicar inquietud y desasosiego a partir de una gran puesta en escena, una sensacional fotografía de Robert Richardson y una meditadísima selección musical. Se trata además de una de las obras más referenciales de su autor, con citas que van desde la literatura gótica al cine negro pasando por el expresionismo alemán -hay mucho de El gabinete del Dr. Caligari (Das Cabinet des Dr. Caligari, Robert Wiene, 1920) en Shutter Island -. Y su final, se mire como se mire (y se entienda como se entienda), es sencillamente demoledor.

6. The lovely bones de Peter Jackson


     Pocas películas han sido tan injustamente menospreciadas en los últimos años como The lovely bones (id, Peter Jackson, 2009). Es cierto que no se trata de una película exenta de defectos, entre los cuales destaca una conclusión no del todo satisfactoria, pero pienso que hay suficientes cosas buenas en The lovely bones para no despreciarla con tanta dureza. Entre las numerosas virtudes de esta hermosa y emotiva historia destacan la armoniosa combinación de su relato criminal con una fantasiosa visión de la vida después de la muerte, una propuesta sin duda muy arriesgada pero que Jackson resuelve con brillantez. Todo ello sin olvidar varias secuencias antológicas (los momentos previos al asesinato, el descubrimiento en el limbo de los cadáveres de las anteriores víctimas del asesino, la búsqueda de pruebas en la casa de éste por parte de la hermana de la protagonista), así como las portentosas interpretaciones de Saoirse Ronan y Stanley Tucci.

7. The town de Ben Affleck


     Viendo The town (id, Ben Affleck, 2010) uno tiene la reconfortante sensación de estar ante una película como las de antes, un espectáculo en el que el entretenimiento y la reflexión se dan la mano con aparente facilidad. Y ello no es solo fruto de un excelente reparto de actores y de un trabajado guión, sino ante todo de la humildad y el talento demostrados por Ben Affleck en la dirección de esta estupenda cinta policíaca. Y es que si con Hollywoodland (id, Allen Coulter, 2006) o La sombra del poder (State of play, Kevin Macdonald, 2009) Affleck demostró que era mejor actor de lo que todos creíamos, con The town o su anterior Adiós pequeña, adiós (Gone baby gone, 2007) se revela además como un cineasta a seguir de cerca. (Ver entrada)

8. Cómo entrenar a tu dragón de Dean DeBlois y Chris Sanders


     Tres de las mejores películas de este año pertenecen al cine de animación: Fantástico Sr. Fox (Fantastic Mr. Fox, Wes Anderson, 2009), la tercera entrega de la saga Toy story y Cómo entrenar a tu dragón (How to train your dragon, Dean DeBlois y Chris Sanders, 2010). Resulta muy difícil escoger entre las tres, pero quizás la que prefiero es esta última, sin duda una de las grandes sorpresas de la temporada. Hay mucho que admirar en Cómo entrenar a tu dragón: la generosa galería de personajes entrañables, la emotiva amistad que surge entre el joven protagonista y el dragón a quien todos temen -y que tanto recuerda a la relación que se establecía entre los dos personajes principales de la reivindicable El gigante de hierro (The iron giant, Brad Bird, 1999)-, la belleza y la espectacularidad de la realización y, por encima de todo, la emoción y el entusiasmo que genera esta disfrutable película de aventuras.

9. Up in the air de Jason Reitman


     Es posible que no se trate de una película perfecta, pero Up in the air (id, Jason Reitman, 2009) es una apreciable y lograda combinación de comedia y drama que no solo lanza una triste mirada al mundo laboral en tiempos de crisis, sino que además reflexiona entre otras cosas sobre cómo el mundo cada vez más tecnificado en el que vivimos está afectando a nuestra capacidad para relacionarnos, condenándonos a una vida cada vez más mecánica y deshumanizada. Desde sus excelentes títulos de crédito hasta su amargo desenlace, Up in the air se confirma como una inteligente película dominada por un espléndido George Clooney, muy bien acompañado además por unas excelentes Vera Farmiga y Anna Kendrick.

10. Toy story 3 de Lee Unkrich


     Aunque en mi opinión no supere la anterior entrega de la saga, Toy story 3 (id, Lee Unkrich, 2010) es un gran ejemplo de cómo una secuela puede ser una película excelente y además cerrar de manera perfecta la que probablemente sea la serie cinematográfica más entrañable que ha dado el cine de animación. Toy story 3 es además la enésima demostración del talento de Pixar, maravillosa compañía que seguirá teniendo el mismo éxito siempre que sus creadores sigan transmitiendo el cariño, la calidez humana y el amor por su obra que se respira en cada fotograma de las películas que llevan su sello. Y es que si no existiera esa creatividad y ese respeto por el buen gusto del espectador no se conseguiría una emoción tan profunda como la que provoca esta encantadora película. (Ver entrada)

     Hay algunas películas más que, sin parecerme tan brillantes como las diez comentadas líneas más arriba, merecen ser recomendadas: la ya citada Fantástico Sr. Fox, sensacional cinta de animación que destaca por la belleza de sus imágenes y por su estupendo sentido del humor; An education (id, Lone Scherfig, 2009), que además de haber supuesto el descubrimiento de la excelente Carey Mulligan es una estimable comedia dramática dotada de un buen guión y un brillante reparto; Invictus (id, Clint Eastwood, 2009), que si bien es cierto que no se encuentra entre lo mejor de su autor no por ello deja de ser una película muy por encima de la media, en parte gracias a la espectacular interpretación de Morgan Freeman; Un hombre soltero (A single man, Tom Ford, 2009), sólido melodrama beneficiado por la poderosa interpretación de Colin Firth y por su sofisticada realización, a pesar de que en ocasiones llegue a rozar el esteticismo; Ciudad de vida y muerte (Nanjing! Nanjing!, Lu Chuan, 2009), durísima crónica de la ocupación japonesa en Nankín magníficamente fotografiada en blanco y negro; y La red social (The social network, David Fincher, 2010), película realmente interesante aunque en mi opinión se sitúe por debajo de anteriores joyas de su director como Zodiac (id, 2007) o El curioso caso de Benjamin Button (The curious case of Benjamin Button, 2009).