lunes, 28 de febrero de 2011

NUNCA ME ABANDONES: La novela de Kazuo Ishiguro


     Escritor de origen japonés aunque educado en Inglaterra, Kazuo Ishiguro es sin lugar a dudas uno de los autores más respetados de las letras inglesas. Nunca me abandones (2005) es, quizá junto con Los restos del día (1989), su obra más elogiada, hasta el punto de haber sido considerada por la revista Time como la mejor novela de la pasada década. Narrada con el habitual estilo sensible y detallista del autor de la también recomendable Pálida luz en las colinas (1982), Nunca me abandones destaca por la belleza y la elegancia con las que Ishiguro nos acerca a la existencia de unos personajes condenados a un futuro terrible y atroz, en lo que acaba siendo una metáfora sobre la fugacidad de la vida y los mecanismos que la sociedad tiene para decidir el destino de las personas sin que éstas puedan hacer nada para cambiarlo.

     Nunca me abandones está narrada en primera persona por Kathy, quien a la edad de 31 años rememora los recuerdos de su adolescencia y primera juventud. Su memoria nos lleva a Hailsham, el colegio privado en el que creció junto a las dos personas más importantes de su vida: Ruth, una chica mucho más vitalista y decidida que ella, y Tommy, un joven introvertido pero impulsivo y con problemas de autocontrol. Los recuerdos de Kathy nos muestran cómo a lo largo de los años evoluciona la relación entre los tres y, sobre todo, de qué modo hacen frente a su cometido en el mundo, un secreto a voces en Hailsham que se va revelando a medida que sus alumnos se convierten en adultos.

     Kazuo Ishiguro insinúa desde la primera página la verdad que se oculta en Hailsham y que los protagonistas irán descubriendo a lo largo del primer tercio de Nunca me abandones: Kathy, Ruth, Tommy y los demás alumnos del centro son clones y su futura función en la sociedad es la de donar sus órganos vitales, sacrificando su vida en beneficio de una sociedad que trata de ignorarles hasta que les necesita para sobrevivir. La revelación de esta terrible realidad, mostrada por Ishiguro de manera meticulosa y paulatina, transmite magníficamente el calculado método seguido por los educadores de Hailsham para predisponer a sus alumnos a aceptar resignadamente su condición, al tiempo que describe la inquietante naturalidad con la que los jóvenes aceptan su trágico destino.

     El propio Ishiguro asegura que su novela no trata sobre la clonación: más allá de que los protagonistas de Nunca me abandones sean clones (palabra que por cierto tan solo aparece escrita en un par de ocasiones a lo largo del libro) lo realmente importante es de qué modo los personajes encaran una existencia condenada a la brevedad, esperando estoicamente el momento en el que se verán obligados a sacrificarse. Este sentimiento de desesperanza se ve potenciado por la falta de tremendismo con que la historia es narrada por Kathy, quien desde la edad adulta dirige su serena mirada hacia una generación que está a punto de desaparecer. Y es que, a pesar de su temática, Nunca me abandones es una novela que se resiste a enmarcarse en el género de ciencia ficción; de hecho su acción ni siquiera se sitúa en el futuro sino en la Inglaterra del último tercio del siglo XX, en lo que puede verse como un mundo paralelo (o, como Ishiguro lo llama, una “ficción alternativa”) en el que la clonación ha sido desarrollada y aceptada por la sociedad. Es por ello que los hechos que Kathy narra no pueden resultar sorprendentes para sus coetáneos, de ahí que rehúya del dramatismo a la hora de describir el día a día de unos jóvenes creados de manera artificial única y exclusivamente para salvar las vidas de los demás. Lo que, dentro de la narración, convierte en único el manuscrito de Kathy es su carácter de testimonio de su sensibilidad y humanidad, o de aquello que las personas de su época dudan que ella pueda tener debido a su condición de clon: alma.

     Nunca me abandones hace gala de una emoción contenida que estalla en los pasajes en los que los protagonistas deciden hacer frente a su situación: el inolvidable viaje a Norfolk en busca de la posible madre biológica de uno de ellos; el conmovedor gesto final de Ruth hacia Kathy y Tommy; el viaje de estos dos a Littlehampton en un intento final de cambiar su destino… Lo que queda es una espléndida novela en la que su escritor alcanza cotas de extraordinaria delicadeza en el retrato de unos personajes inolvidables.

     Era cuestión de tiempo que un libro tan exitoso como el de Ishiguro fuera llevado al cine. El propio escritor se ha implicado directamente en la adaptación que ha dirigido Mark Romanek, director conocido por vídeos musicales como el magnífico Hurt (2002) y por el extraño pero interesante largometraje Retratos de una obsesión (One hour photo, 2002). Difícilmente esta segunda traslación al cine de la obra de Ishiguro alcanzará la brillantez de Lo que queda del día (The remains of the day, James Ivory, 1993), basada en Los restos del día y en mi opinión una de las mejores películas de los años 90, pero la adaptación de Romanek cuenta con el atractivo de un prometedor reparto encabezado por Carey Mulligan como Kathy, Keira Knightley como Ruth y Andrew Garfield como Tommy. Nunca me abandones (Never let me go, 2010) tiene su estreno previsto en España el próximo 11 de marzo.


domingo, 6 de febrero de 2011

MÁS ALLÁ DE LA VIDA: ¿Un Eastwood menor?



     Más allá da la vida (Hereafter, 2010), la nueva película dirigida por Clint Eastwood, ha sido recibida con más suspicacias de las acostumbradas en la obra más reciente de su autor. De entrada se anunciaba este nuevo largometraje como el primero de Eastwood inscrito en el género fantástico o de temática sobrenatural; tampoco ha faltado quien ha comparado Más allá de la vida con el cine de M. Night Shyamalan o, sobre todo, quien ha sentenciado que la nueva (que no última) obra del director de Gran Torino (id, 2008) no es más que un título menor y totalmente prescindible dentro de su filmografía.

     Sin embargo quien conozca bien la obra de Clint Eastwood ya conoce su tendencia a renovarse constantemente sin dejar de ser fiel a sí mismo, lo que da pie a que el cineasta nos sorprenda con aparentes cambios de rumbo que, en el fondo, guardan una gran coherencia con el resto de su obra. Por tanto no hay más que acercarse a sus películas de manera desprejuiciada para comprobar que casi nada de lo que se esperaba de ellas era cierto. Más allá de la vida no es una excepción. Para empezar no se trata exactamente de la primera película de Eastwood con cierto contenido sobrenatural en su argumento -recuérdense los fantasmagóricos protagonistas de Infierno de cobardes (High plains drifter, 1973) y El jinete pálido (Pale rider, 1985) o incluso la atmósfera enrarecida de algunos pasajes de Medianoche en el jardín del bien y del mal (Midnight in the garden of good and evil, 1997)-, y una vez vista resulta un tanto exagerado encuadrarla dentro del cine fantástico, siendo más bien un drama protagonizado por personas que de un modo u otro presienten que existe una vida después de la muerte. La película tampoco tiene mucho que ver con el cine de Shyamalan más allá de la presencia de la excelente actriz Bryce Dallas Howard, quien protagonizó dos interesantes películas del famoso cineasta hindú, El bosque (The village, 2004) y La joven del agua (Lady in the water, 2006). Por último Más allá de la vida no es ni mucho menos una película menor: si bien no llega al nivel de las obras maestras de Eastwood -El jinete pálido, Sin perdón (Unforgiven, 1992), Mystic river (id, 2003), Million dollar baby (id, 2004), Banderas de nuestros padres (Flags of our fathers, 2006), Cartas desde Iwo Jima (Letters from Iwo Jima, 2006), El intercambio (Changeling, 2008)- no por ello deja de ser una obra realmente notable que nos recuerda el formidable momento creativo por el que está pasando su director.

     Adoptando una estructura inédita hasta ahora en la filmografía de Eastwood, Más allá de la vida narra paralelamente las historias de tres personas cuyo destino se unirá en el desenlace de la película. El vínculo que une a los tres protagonistas es una experiencia relacionada con la muerte que les cambia para siempre: Marie (Cécile de France) trata de sobreponerse a la terrible experiencia que vivió al sobrevivir a un tsunami, suceso durante el cual permaneció muerta durante unos breves instantes; George (Matt Damon, en una de sus mejores interpretaciones) desarrolla la capacidad de comunicarse con los muertos, un don que le dificulta entablar relaciones sociales; Marcus (Frankie McLaren) trata de superar la muerte de su hermano gemelo Jason (George McLaren) sintiendo la necesidad de contactar con él… Las tres historias son narradas por Eastwood con un tono sobrio y sensible, consiguiendo retratar las emociones de los personajes sin caer en el sentimentalismo. Más allá de la vida es ante todo una nueva muestra de un talento especial que Eastwood ha desarrollado a lo largo de su carrera y que ha culminado en grandes logros durante su última etapa: la humanidad y cercanía que desprende la descripción de los personajes.

     La película brilla a gran altura en la descripción de la vida cotidiana de los tres protagonistas, caracterizada por una soledad que les hace sentirse alienados del mundo en el que viven. Sin ir más lejos Marie es una periodista de gran éxito cuya existencia nunca volverá a ser la misma tras su traumática experiencia durante el tsunami -suceso narrado por Eastwood en una antológica secuencia que no solo destaca por su perfección técnica, sino ante todo por la maestría con la que el director nos coloca en la piel de las víctimas que tratan de sobrevivir a un desastre natural de semejante magnitud-. Al regresar a París Marie ya no podrá seguir siendo esa periodista de éxito cuya imagen aparecía en pancartas publicitarias distribuidas por toda la ciudad: tras abandonar su investigación sobre François Mitterrand, la mujer centrará toda su atención en algo que no puede apartar de su cabeza tras haber estado a punto de morir: la existencia de un más allá. El nuevo rumbo tomado por la vida de Marie le costará su trabajo y su relación sentimental con Didier (Thierry Neuvic), ganándose además el desprecio de sus compañeros al interesarse por una espiritualidad que no encaja en el mundo materialista en el que éstos trabajan.

     No menos desolador resulta el retrato del entorno familiar de Marcus y Jason. Al principio del relato Eastwood describe magistralmente su duro día a día con una par de pinceladas: los dos hermanos utilizan sus escasos ahorros para hacerse un retrato fotográfico que, cuidadosamente colocado en la mesa de la cocina, esperan que llame la atención de su madre Jackie (Lyndsey Marshal) dándole fuerzas para abandonar sus problemas con el alcohol; no obstante cuando la mujer regrese ebria a casa ignorará por completo el conmovedor gesto de sus hijos. A la mañana siguiente se producirá una tensa situación cuando los dos niños reciban la visita de dos trabajadores de servicios sociales y tengan que disimular los efectos de la borrachera de su madre. Con estos apuntes Eastwood nos presenta no solo el duro entorno en el que han crecido los niños, sino también el sentimiento de dependencia que Marcus siente hacia Jason y que será su principal problema cuando éste último muera en un trágico accidente: al ser separado de su madre para que ésta supere su alcoholismo en un centro de recuperación, Marcus se verá incapaz de relacionarse con sus padres de acogida, obsesionándose en conservar vivo el recuerdo de su hermano (lo que da pie a un espléndido momento: el niño pide colocar dos camas en su nueva habitación, una para él y otra para Jason, a quien se dirige imaginariamente para desearle las buenas noches) y recurriendo a la consulta de dudosos parapsicólogos (vistos por Eastwood con una gran ironía que les retrata como a unos meros charlatanes que se enriquecen a costa del sufrimiento ajeno).

     Pero es en la descripción de la soledad de George donde la película ofrece sus mayores logros. Su secuencia de presentación nos lo muestra aceptando a regañadientes la petición de contactar con los seres queridos de un extraño; pronto sabremos que George se dedicaba en el pasado a la parapsicología pero que decidió alejarse de ese mundo debido a que su don le obligaba a conocer los secretos más íntimos y oscuros de sus allegados, imposibilitándole entablar amistades o una relación sentimental. Sus deseos de empezar una nueva vida desde cero quedan retratados en las excelentes secuencias en las que asiste a un curso de cocina, lo que le da la oportunidad de conocer a Melanie (Bryce Dallas Howard), una bella mujer por la que se siente atraído. La evolución de la relación entre ambos da pie a las dos mejores secuencias de Más allá de la vida. En la primera George y Melanie realizan un ejercicio del curso de cocina en el que uno debe dar a probar distintos sabores al otro mientras éste lleva los ojos vendados; la sensualidad del momento y la intimidad que se crea en ese instante propicia que tanto George como Melanie empiecen a sincerarse el uno con el otro, declarándose su interés mutuo. La segunda secuencia, que sigue a la anterior, se sitúa en la casa de George y nos muestra con qué rapidez su don secreto queda expuesto a los ojos de Melanie; la joven, movida por la curiosidad, le pedirá a George que lea en su interior y trate de contactar con sus familiares fallecidos; tras dudarlo mucho George lo hará, poniendo al descubierto dolorosos recuerdos que Melanie preferiría haber mantenido en secreto y que borrarán la posibilidad de una relación amorosa entre ambos. Las posteriores y sucesivas escenas en las que aparece George cenando a solas en su cocina muestran el precio que el protagonista debe pagar por tener una habilidad que le ha sido otorgada a su pesar; él mismo sintetizará los sinsabores de su existencia cuando afirme que “una vida que se basa en la muerte no es una vida”.

     Además de la soledad (protagonista de gran parte del cine de Clint Eastwood) otro tema muy presente en esta espléndida película es cómo en apenas unos segundos el azar puede cambiar nuestras vidas para siempre. En la primera secuencia de la película el azar induce a Marie a salir a la calle para comprar unos regalos, lo que la llevará a verse arrollada por el tsunami. También aparentemente por azar George desarrolla su capacidad de contactar con los muertos y (atención: SPOILER) Marcus no se sube a un metro de Londres para recoger su gorra caída al suelo, salvándose así de un atentado terrorista. Pero el azar también será el encargado de unir los destinos de George, Marie y Marcus (quienes viven en ciudades tan alejadas entre sí como San Francisco, París o Londres) consiguiendo que los tres crucen sus caminos en la capital inglesa. En la conclusión abierta de Más allá de la vida Eastwood mostrará la oportunidad que los protagonistas tienen de aliviar su soledad y dar así un nuevo giro a sus vidas, dejando que el espectador imagine si lo conseguirán o no.

sábado, 15 de enero de 2011

Las mejores películas de 2010



     Redactar una lista de las mejores películas del año siempre tiene algo de precipitado y provisional: se cae en el riego de infravalorar o sobrevalorar películas que en la mayoría de los casos solo han sido vistas una vez, todo ello sin mencionar cintas que aún no han sido vistas en el momento de escribir el listado. Sin ir más lejos, revisando mi lista de las mejores películas de 2009 lamento la ausencia de algunas películas que aún no conocía en el momento de su redacción, entre ellas la maravillosa El secreto de sus ojos (Juan José Campanella, 2009). Hechas estas advertencias pasemos a rememorar el que a mi juicio ha sido el mejor cine estrenado en España a lo largo de 2010.

1. El escritor de Roman Polanski


     Sé que hay quien piensa que El escritor (The ghost writer, 2010) es un título menor dentro de la filmografía de Roman Polanski. No estoy de acuerdo. La última película del director de Chinatown (id, 1974) debería servir de ejemplo de cómo en manos de un gran director lo que podría haber sido un meramente aceptable thriller de intriga política se puede convertir en un deslumbrante ejercicio de estilo. De este modo El escritor es una apasionante y magistral obra que solo podía haber surgido de la mano del autor de El quimérico inquilino (Le locataire, 1976), pues su firma se siente en cada una de las secuencias de la película. Y además El escritor nos recuerda la grandeza de los clásicos vivientes: no resulta casual que un director septuagenario como Polanski nos haya regalado la imagen más inolvidable de todo el cine de 2010, el extraordinario e inquietante plano que cierra la película y en el que, al igual que en el resto de la cinta, lo que de verdad importa es lo que no se ve pero se percibe como una terrible realidad. (Ver entrada)

2. Origen de Christopher Nolan


     Resulta difícil decir si Origen (Inception, 2010) es mejor que otras joyas de Christopher Nolan como Insomnio (Insomnia, 2002) o El truco final (The prestige, 2006), pero de lo que no cabe la menor duda es de que esta película debería suponer todo un hito para el cine contemporáneo, una lección de cómo el buen cine puede ser inteligente, arriesgado y personal sin renunciar a su vocación de espectáculo capaz de atraer a todo tipo de público. Y es que, puestos a soñar como lo hacen los personajes de Origen, el cine de Nolan debería servir de modelo para las superproducciones que surjan de Hollywood en los próximos años, algo no tan descabellado de pensar si se tiene en cuenta su éxito y lo mucho que han dado que hablar tanto Origen como El caballero oscuro (The dark knight, 2008). Tampoco parece casual que la cinta de ciencia ficción más fascinante de los últimos años haya surgido de la reunión de Nolan con Leonardo DiCaprio, actor que a esta alturas ya se ha convertido en toda una garantía de calidad como demuestra también su última colaboración con Martin Scorsese comentada líneas más abajo. (Ver entrada)

3. Two lovers de James Gray


     Resulta lamentable que una película de la calidad de Two lovers (id, James Gray, 2008) haya sido estrenada en España con dos años de retraso. Más allá de lo que este hecho sugiere sobre el lamentable estado de la distribución cinematográfica en este país, no resulta exagerado considerar a Two lovers como uno de los mejores melodramas de los últimos años, siendo además la demostración de que el talento de James Gray no se limita al género policíaco. El director de las espléndidas La otra cara el crimen (The yards, 2000) y La noche es nuestra (We own the night, 2007) nos ofrece la dolorosa y conmovedora historia de un triángulo amoroso magníficamente interpretado por Joaquin Phoenix, Gwyneth Paltrow y Vinessa Shaw. Cine con mayúsculas. (Ver entrada)

4. Nine de Rob Marshall


     Si este año existe una película a reivindicar ésa sin duda es Nine (id, Rob Marshall, 2009). Y es que parece que soy una de las pocas personas a las que les encantó este espléndido musical que confirma el talento que para este difícil género tiene el director de la memorable Chicago (id, 2002). Nine sabe ir más allá del mero homenaje al cine de Federico Fellini para erigirse en un espectáculo adulto, ingenioso y divertido. Un reparto de lujo en el que destaca una maravillosa Marion Cotillard, una puesta en escena de una elegancia sin parangón y una estupenda colección de canciones convierten a Nine en un deleite para los sentidos. (Ver entrada)

5. Shutter Island de Martin Scorsese


     El mejor Scorsese desde Casino (id, 1995) y sin duda el film más terrorífico de su carrera, Shutter Island (id, 2010) presenta además una de las atmósferas más densas y perturbadoras que se han visto en mucho tiempo. Scorsese hace gala de su extraordinaria habilidad a la hora de comunicar inquietud y desasosiego a partir de una gran puesta en escena, una sensacional fotografía de Robert Richardson y una meditadísima selección musical. Se trata además de una de las obras más referenciales de su autor, con citas que van desde la literatura gótica al cine negro pasando por el expresionismo alemán -hay mucho de El gabinete del Dr. Caligari (Das Cabinet des Dr. Caligari, Robert Wiene, 1920) en Shutter Island -. Y su final, se mire como se mire (y se entienda como se entienda), es sencillamente demoledor.

6. The lovely bones de Peter Jackson


     Pocas películas han sido tan injustamente menospreciadas en los últimos años como The lovely bones (id, Peter Jackson, 2009). Es cierto que no se trata de una película exenta de defectos, entre los cuales destaca una conclusión no del todo satisfactoria, pero pienso que hay suficientes cosas buenas en The lovely bones para no despreciarla con tanta dureza. Entre las numerosas virtudes de esta hermosa y emotiva historia destacan la armoniosa combinación de su relato criminal con una fantasiosa visión de la vida después de la muerte, una propuesta sin duda muy arriesgada pero que Jackson resuelve con brillantez. Todo ello sin olvidar varias secuencias antológicas (los momentos previos al asesinato, el descubrimiento en el limbo de los cadáveres de las anteriores víctimas del asesino, la búsqueda de pruebas en la casa de éste por parte de la hermana de la protagonista), así como las portentosas interpretaciones de Saoirse Ronan y Stanley Tucci.

7. The town de Ben Affleck


     Viendo The town (id, Ben Affleck, 2010) uno tiene la reconfortante sensación de estar ante una película como las de antes, un espectáculo en el que el entretenimiento y la reflexión se dan la mano con aparente facilidad. Y ello no es solo fruto de un excelente reparto de actores y de un trabajado guión, sino ante todo de la humildad y el talento demostrados por Ben Affleck en la dirección de esta estupenda cinta policíaca. Y es que si con Hollywoodland (id, Allen Coulter, 2006) o La sombra del poder (State of play, Kevin Macdonald, 2009) Affleck demostró que era mejor actor de lo que todos creíamos, con The town o su anterior Adiós pequeña, adiós (Gone baby gone, 2007) se revela además como un cineasta a seguir de cerca. (Ver entrada)

8. Cómo entrenar a tu dragón de Dean DeBlois y Chris Sanders


     Tres de las mejores películas de este año pertenecen al cine de animación: Fantástico Sr. Fox (Fantastic Mr. Fox, Wes Anderson, 2009), la tercera entrega de la saga Toy story y Cómo entrenar a tu dragón (How to train your dragon, Dean DeBlois y Chris Sanders, 2010). Resulta muy difícil escoger entre las tres, pero quizás la que prefiero es esta última, sin duda una de las grandes sorpresas de la temporada. Hay mucho que admirar en Cómo entrenar a tu dragón: la generosa galería de personajes entrañables, la emotiva amistad que surge entre el joven protagonista y el dragón a quien todos temen -y que tanto recuerda a la relación que se establecía entre los dos personajes principales de la reivindicable El gigante de hierro (The iron giant, Brad Bird, 1999)-, la belleza y la espectacularidad de la realización y, por encima de todo, la emoción y el entusiasmo que genera esta disfrutable película de aventuras.

9. Up in the air de Jason Reitman


     Es posible que no se trate de una película perfecta, pero Up in the air (id, Jason Reitman, 2009) es una apreciable y lograda combinación de comedia y drama que no solo lanza una triste mirada al mundo laboral en tiempos de crisis, sino que además reflexiona entre otras cosas sobre cómo el mundo cada vez más tecnificado en el que vivimos está afectando a nuestra capacidad para relacionarnos, condenándonos a una vida cada vez más mecánica y deshumanizada. Desde sus excelentes títulos de crédito hasta su amargo desenlace, Up in the air se confirma como una inteligente película dominada por un espléndido George Clooney, muy bien acompañado además por unas excelentes Vera Farmiga y Anna Kendrick.

10. Toy story 3 de Lee Unkrich


     Aunque en mi opinión no supere la anterior entrega de la saga, Toy story 3 (id, Lee Unkrich, 2010) es un gran ejemplo de cómo una secuela puede ser una película excelente y además cerrar de manera perfecta la que probablemente sea la serie cinematográfica más entrañable que ha dado el cine de animación. Toy story 3 es además la enésima demostración del talento de Pixar, maravillosa compañía que seguirá teniendo el mismo éxito siempre que sus creadores sigan transmitiendo el cariño, la calidez humana y el amor por su obra que se respira en cada fotograma de las películas que llevan su sello. Y es que si no existiera esa creatividad y ese respeto por el buen gusto del espectador no se conseguiría una emoción tan profunda como la que provoca esta encantadora película. (Ver entrada)

     Hay algunas películas más que, sin parecerme tan brillantes como las diez comentadas líneas más arriba, merecen ser recomendadas: la ya citada Fantástico Sr. Fox, sensacional cinta de animación que destaca por la belleza de sus imágenes y por su estupendo sentido del humor; An education (id, Lone Scherfig, 2009), que además de haber supuesto el descubrimiento de la excelente Carey Mulligan es una estimable comedia dramática dotada de un buen guión y un brillante reparto; Invictus (id, Clint Eastwood, 2009), que si bien es cierto que no se encuentra entre lo mejor de su autor no por ello deja de ser una película muy por encima de la media, en parte gracias a la espectacular interpretación de Morgan Freeman; Un hombre soltero (A single man, Tom Ford, 2009), sólido melodrama beneficiado por la poderosa interpretación de Colin Firth y por su sofisticada realización, a pesar de que en ocasiones llegue a rozar el esteticismo; Ciudad de vida y muerte (Nanjing! Nanjing!, Lu Chuan, 2009), durísima crónica de la ocupación japonesa en Nankín magníficamente fotografiada en blanco y negro; y La red social (The social network, David Fincher, 2010), película realmente interesante aunque en mi opinión se sitúe por debajo de anteriores joyas de su director como Zodiac (id, 2007) o El curioso caso de Benjamin Button (The curious case of Benjamin Button, 2009).


domingo, 26 de diciembre de 2010

Las mejores bandas sonoras de 2010



     Los últimos días de 2010 son el momento perfecto para recordar lo mejor que nos ha deparado este año. Lo que sigue es el recuerdo de las que para mi gusto han sido las bandas sonoras más destacables de estos últimos doce meses; en esta ocasión he preferido ceñirme a las bandas sonoras originales, dejando de lado las bandas sonoras compuestas por canciones -como la del musical Nine (id, Rob Marshall, 2009)- o por una selección de temas preexistentes -como sería el caso de la banda musical de Shutter Island (id, Martin Scorsese, 2010), que ya comenté en este enlace-.

1. Origen de Hans Zimmer


     Hans Zimmer ya había trabajado anteriormente con el director Christopher Nolan en Batman begins (id, 2005) y El caballero oscuro (The dark knight, 2008), ambas partituras compuestas a cuatro manos junto con James Newton Howard. A la espera de que la pareja repita en la próxima película del hombre murciélago que Nolan empezará a filmar en breve, Origen (Inception, 2010) se presenta como el primer trabajo en solitario del músico alemán para el director de El truco final (The prestige, 2006), quien parece definitivamente desligado de su anterior compositor, el interesante David Julyan. Con Origen Zimmer ha llevado a cabo una de sus mejores bandas sonoras en una composición que genera adicción. Se trata además de una música con un protagonismo en la película ciertamente inusual debido a su omnipresencia y al alto volumen con el que aparece, y la verdad es que resulta prácticamente imposible pensar en la ya mítica película de Nolan sin que a uno le venga a la cabeza su contundente acompañamiento musical. Zimmer combina con su inconfundible sello personal los metales, la percusión y los sintetizadores construyendo unas sonoridades que van de la pura acción (en especial durante la persecución en Mombasa o en el larguísimo bloque final de sueños superpuestos) a lo misterioso, pasando por la emoción que desprende el emotivo acompañamiento al piano de la secuencia final. Pero sin duda el fragmento que será más recordado de este trabo es la melodía que aparece en los momentos más espectaculares y en la que destaca la aportación del guitarrista Johnny Marr.



2. El escritor de Alexandre Desplat


     En mi opinión el francés Alexandre Desplat es el actual número uno de la música de cine; desde luego motivos no faltan para admirar a un genio que en los últimos años nos ha regalado maravillosas músicas como las de La joven de la perla (Girl with the pearl earring, Peter Webber, 2003), Hostage (id, Florent Emilio Siri, 2005), La Reina (The Queen, Stephen Frears, 2006), El velo pintado (The painted veil, John Curran, 2006), Deseo, peligro (Se, jie, Ang Lee, 2007) o, muy especialmente, El curioso caso de Benjamin Button (The curious case of Benjamin Button, David Fincher, 2008), su obra maestra. Desplat se encuentra además en un período creativo especialmente prolífico: en los dos últimos años se han estrenado nada menos que doce películas musicadas por él, entre ellas la estupenda Fantástico Sr. Fox (Fantastic Mr. Fox, Wes Anderson, 2009). El escritor (The ghost writer, Roman Polanski, 2010) es probablemente la mejor obra de Desplat junto con la de la película de David Fincher antes citada. La partitura de El escritor está dominada por un espléndido tema central que acompaña sin descanso al protagonista sin nombre interpretado por Ewan McGregor; dicho tema, que combina perfectamente un obsesivo uso de las flautas con una inquietante percusión, no solo abre y cierra la película sino que también aparece con distintas variaciones en secuencias de suspense tan logradas como la persecución en coche o la posterior huída del ferry. La partitura en su conjunto transmite de manera magistral el misterio y la inquietud de la película de Polanski, siendo muy destacable el acompañamiento de la ya famosa secuencia final en la que la conjunción entre música e imágenes alcanza unas cotas de perfección pocas veces vistas en los últimos años.



3. El hombre lobo de Danny Elfman


     Película precedida de toda clase de rumores sobre su problemática producción, El hombre lobo (The wolfman, Joe Johnston, 2010) se estrenó a principios de año siendo recibida mayoritariamente con una gran frialdad. Sin embargo, y aunque reconozco que la película dista mucho de ser perfecta, en mi opinión se trata de un digno y eficaz relato de horror gótico que cumple perfectamente con su propósito de entretener (anoto además que recientemente se ha comercializado el montaje del director de esta película, montaje que aún no he visto en el momento de escribir estas líneas pero que algunas voces consideran de una calidad bastante superior a la del montaje estrenado en cines). Sin duda uno de los máximos atributos de El hombre lobo es la excelente banda sonora compuesta por Danny Elfman, quien tras una década en la que ha alternado trabajos brillantes con otros ciertamente olvidables parece resurgir con energías renovadas, tal y como también demuestra su brillante trabajo en Alicia en el País de las Maravillas (Alice in Wonderland, Tim Burton, 2010). La banda sonora de El Hombre lobo ha sido fuente de cierta controversia: según parece el trabajo de Danny Elfman fue rechazado en un primer momento por los productores de la cinta, quienes contrataron a Paul Haslinger para que compusiera una nueva y más moderna partitura; sin embargo esta segunda composición decepcionó tanto que llevó a la recuperación del trabajo original de Elfman. Visto el resultado final del trabajo del compositor de Sleepy Hollow (id, Tim Burton, 1999) resultan ciertamente incomprensibles las reticencias iniciales de los productores, puesto que se trata de una clásica, romántica y misteriosa partitura que se ajusta como un guante a la atmósfera de la película. Con una presencia constante del chelo y ciertas similitudes con la magistral partitura compuesta por Wojciech Kilar para Drácula de Bram Stoker (Bram Stoker’s Dracula, Francis Ford Coppola, 1992), la banda sonora de El hombre lobo es posiblemente el mejor trabajo de Elfman en los últimos años.



4. Cómo entrenar a tu dragón de John Powell


     Desde que en el año 2000 compusiera junto con Harry Gregson-Williams el acompañamiento musical de Evasión en la granja (Chicken run, Peter Lord y Nick Park) el inglés John Powell se ha convertido en todo un especialista en el cine de animación. Para Cómo entrenar a tu dragón (How to train your dragon, Dean DeBlois y Chris Sanders, 2010), sin duda una de las mejores producciones animadas de los últimos años, Powell ha creado una enérgica, vitalista e incluso gloriosa banda sonora que demuestra que ya es mucho más que un discípulo aventajado de Hans Zimmer. Muchos son los momentos destacables en este espléndido trabajo, pero hay que señalar muy especialmente la fuerza y la emoción transmitida por la música en las secuencias de la doma del dragón y sus posteriores vuelos. También merece la pena resaltar los largos y espectaculares pasajes dedicados a las distintas batallas del pueblo vikingo contra los dragones, secuencias en las que la contundencia sonora de Powell ilustra la bravura de los guerreros vikingos al tiempo que el compositor introduce pequeñas pinceladas de música celta. En suma una excelente partitura que redondea las notables virtudes de la película a la que acompaña.



5. Un hombre soltero de Abel Korzeniowski y Shigeru Umebayashi


     Película extraña y arriesgada, pero también bella e hipnótica, Un hombre soltero (A single man, 2009) ha supuesto el debut en la dirección del diseñador de moda Tom Ford. Y precisamente si algo llama la atención en este interesante drama, además de la portentosa interpretación de Colin Firth, es la estilizada puesta en escena de Ford: la elegancia de los movimientos de cámara, la precisión de los encuadres, la cadencia del montaje y la magnífica fotografía del catalán Eduard Grau contribuyen al propósito del director de sublimar los sentimientos de su protagonista mediante un sofisticado tratamiento visual. La banda sonora es también de vital importancia dentro del planteamiento estético del cineasta. Según parece en un primer momento Ford pensó en encargársela a Shigeru Umebayashi, compositor japonés muy conocido en Occidente gracias a sus colaboraciones con Wong Kar Wai y Zhang Yimou; debido a problemas logísticos Umebayashi no pudo encargarse del proyecto, aunque sí aportó algunos temas adicionales entre los que destacan el vals dedicado al protagonista y un homenaje a la célebre banda sonora compuesta por Bernard Herrmann para Vértigo (Vertigo, Alfred Hitchcock, 1958). El grueso de la banda sonora fue compuesto finalmente por Abel Korzeniowski, un joven pero prestigioso músico polaco con poca experiencia en el mundo del cine. El resultado de su trabajo es verdaderamente notable, pues no solo es de una gran belleza sino que además guarda una gran armonía con los temas de Umebayashi. Con un protagonismo prácticamente exclusivo de los instrumentos de cuerda y ciertas características que la acercan a la música minimalista, la banda sonora completa transmite la tristeza y la melancolía de ese hombre soltero al que alude el título.



jueves, 2 de diciembre de 2010

Bernard Herrmann y la banda sonora de VÉRTIGO


     Si bien en el momento de su estreno fue recibida generalmente con una gran frialdad, hoy por hoy la mayoría de críticos e historiadores cinematográficos se refieren a Vértigo (id, Alfred Hitchcock, 1958) como a una de las grandes obras del séptimo arte. Sin duda una de las películas más personales de Hitchcock, Vértigo es la fascinante, onírica y bellísima historia de un amor que va más allá de los límites impuestos por la muerte. El empeño del detective Scottie Ferguson (James Stewart) por transformar físicamente a Judy (Kim Novak) con el fin de que se parezca lo máximo posible a la fallecida Madeleine (de nuevo Novak), en un desesperado intento de revivir el gran amor de su vida, sirve a Hitchcock para llevar a cabo un impresionante poema visual sobre el deseo, el amor y la muerte. Y es que Vértigo es ante todo la historia del deseo de un hombre hacia una mujer muerta o, incluso, hacia una mujer que nunca existió.

     Si Vértigo es para muchos la más hermosa película filmada por Hitchcock su banda sonora suele ser considerada también como la más perfecta colaboración entre su director y el compositor de Psicosis (Psycho, Alfred Hitchcock, 1960). Y es que sin lugar a dudas la partitura musical compuesta por Bernard Herrmann contribuye notablemente a crear la irrepetible atmósfera de esta obra maestra del cine; tal y como escribió Eugenio Trías en su excelente y muy recomendable libro Vértigo y pasión. Un ensayo sobre la película “Vértigo” de Alfred Hitchcock (Taurus, Madrid, 1998, pág. 42), “sorprende en este film la partitura musical de Bernard Herrmann, hasta el punto de que no se sabe muy bien si la película es una evocación de esa prodigiosa banda musical o ésta constituye el entramado fílmico y melódico que concede al film su verdadero armazón”. Si Trías nombra como referentes de Vértigo a los mitos de Tristán e Isolda, Orfeo y Eurídice o Pigmalión y Galatea, la banda sonora se suma a esta lista de citas rindiendo tributo a la música wagneriana y a la de otros compositores como Georges Bizet o Jean Sibelius.

     La película se inicia con unos justamente famosos títulos de crédito diseñados por Saul Bass: éstos se inician con imágenes del rostro de una mujer hasta que la cámara parece adentrarse en su ojo; a partir de aquí una serie de imágenes en espiral sugieren tanto el vértigo que padecerá el protagonista como el carácter circular de la historia. El Preludio compuesto por Herrmann para ilustrar esta secuencia introductoria también sugiere esa espiral gracias una la música envolvente y de estructura circular; se trata de una melodía misteriosa que sugiere la idea de cambio o transformación, algo que refuta el hecho de que solo vuelva a aparecer, muy brevemente, en otro momento de la película: el encadenado de imágenes que muestra la transformación física de Judy en Madeleine. Tras los créditos se desarrolla una persecución nocturna en los tejados de San Francisco durante la cual Scottie descubrirá su vértigo; aparece aquí un motivo musical rápido, intenso y agobiante que reaparecerá durante otra persecución de trágico desenlace: la secuencia en la que el detective trata de evitar el suicidio de Madeleine en el campanario.


     Sin embargo es en relación al misterioso y seductor personaje de Madeleine donde Herrmann da rienda suelta a todo su romanticismo. La inolvidable presentación de la dama se produce cuando Scottie la ve por primera vez en el restaurante Ernie’s: un magnífico travelling de acercamiento nos la presenta de espaldas, vestida con un elegante vestido rojo. La música está aquí en perfecta comunión con las imágenes: Herrmann empieza a desarrollar lentamente el motivo para cuerda asociado a Madeleine, sonando en toda su plenitud justo en el momento en el que las miradas de la mujer y de Scottie están a punto de entrecruzarse. Este tema ha sido comparado frecuentemente con las melodías más líricas compuestas por Richard Wagner para Tristán e Isolda; sin embargo hay que recordar que la temática de Tristán es una de las referencias culturales adoptadas por la película, por lo que la referencia musical no es gratuita sino coherente con las imágenes a las que acompaña. El tema de Madeleine, que siempre aparece asociado a la mirada amorosa de Scottie sobre esta mujer, reaparece con un ritmo lento, acompañada de arpas y trombas, durante las largas y silenciosas escenas en las que el protagonista sigue a la mujer por las calles de San Francisco.


     Más allá del tema de Madeleine, el compositor parte de él para crear un tema de amor que expresa la pasión que surge entre los protagonistas. Aparece con un ritmo rápido cuando se produce el primer beso entre Scottie y Madeleine en las proximidades de una playa, y de manera entrecortada, presagiando la tragedia, cuando ambos vuelven a besarse justo antes de que ella se quite la vida. Pero en donde el tema alcanza toda su plenitud es en la secuencia crucial de la película, una de las más memorables de toda la obra de Hitchcock: el momento en el que Scottie ve a Judy por fin transformada completamente en la difunta Madeleine. Se trata de una secuencia extraordinaria que Hitchcock remata con un plano circular que rodea a los dos amantes fundiéndose en un apasionado beso, momento durante el cual Scottie siente que al fin ha recuperado a su amada y se ha redimido de su pasado. De forma muy coherente es aquí cuando Herrmann desarrolla el tema romántico en todo su esplendor, si bien la coda musical de dicho tema solo aparecerá, de forma rotunda y elegíaca, en la última imagen de la película, cuando el destino haya sellado para siempre esta inquietante historia de amor.


     Herrmann también compone un motivo asociado a Carlotta Valdés, mujer fallecida muchos años atrás pero cuya presencia se manifiesta constantemente en la vida de Madeleine. Dicho tema musical consiste en una habanera en ocasiones comparada con la que compuso Georges Bizet para la ópera Carmen y con el Vals triste de Jean Sibelius. La elección de la habanera está justificada por el origen hispano de Carlotta, pero además Herrmann juega con ella con diferentes ritmos según las diferentes escenas a las que acompaña: la visita a un museo en donde se encuentra el retrato de Carlotta, las secuencias desarrolladas en la misión en donde residió y el cementerio en donde está enterrada, así como las diversas referencias verbales de Madeleine hacia esta mujer. Sin embargo será durante la secuencia de la pesadilla de Scottie cuando la habanera aparecerá de forma más intensa y con el acompañamiento de unas castañuelas. Apuntar también el uso del órgano en varias escenas siempre para subrayar el carácter mortuorio del recuerdo de Carlotta y el trágico destino al que éste conlleva, destacando en ese sentido su aparición en el desenlace de la película.


     También hay que destacar la inteligencia de Hitchcock y Herrmann a la hora de escoger la música diegética del film. Ésta aparece asociada siempre al personaje de Midge (Barbara Bel Geddes), antigua novia de Scottie y que representa para él un mundo domesticado y convencional contrapuesto al ensoñador y fascinante mundo que representa Madeleine. Así, la música de Mozart y Bach que escucha Midge es la contraposición del acompañamiento musical, romántico y wagneriano, que Herrmann asocia a Madeleine. En palabras de Eugenio Trías “el contraste entre lo diurno y lo nocturno atraviesa todo el film. Scottie, a medida que va adentrándose en el laberinto de su deseo, parece encontrarse consigo en paseos noctámbulos por una ciudad jalonada de semáforos. Su novia Midge representa la quintaesencia de la vida diurna: también la música de Mozart. La consagración de la noche tiene lugar, por primera vez, bajo la advocación intimidante de la música procedente de la cantera de Tristán, en el restaurante Ernie’s” (Vértigo y pasión…, pág. 52).

     El lirismo de la banda sonora y la relación que se establece entre la música y las imágenes a las que acompaña hacen de Vértigo un clásico indiscutible de la música cinematográfica, siendo en mi opinión no solo la mejor colaboración entre Hitchcock y Herrmann sino también la más inolvidable creación de su extraordinario compositor.


Bibliografía consultada:

- Alberich, Enrique: Alfred Hitchcock. El poder de la imagen. Dirigido Por SA, Barcelona, 1987.

- Cueto, Roberto: Cien bandas sonoras en la Historia del Cine. Editorial Nuer, Madrid, 1996.

- Navarro, Heriberto y Navarro, Sergio: Música de cine: historia y coleccionismo de bandas sonoras. Ediciones Internacionales Universitarias, Madrid, 2003.

- Trías, Eugenio: Vértigo y pasión. Un ensayo sobre la película “Vértigo” de Alfred Hitchcock. Taurus, Madrid, 1998.

- Truffaut, François: El cine según Hitchcock. Alianza, Madrid, 1990.

viernes, 12 de noviembre de 2010

La confirmación de Ben Affleck como cineasta: THE TOWN (CIUDAD DE LADRONES)



     El estreno de The town (Ciudad de ladrones) (The town, 2010), la segunda película dirigida por Ben Affleck, viene a prolongar el buen sabor de boca dejado por su ópera prima, la muy recomendable Adiós pequeña, adiós (Gone baby gone, 2007). Si hace unos años Affleck se caracterizaba por una filmografía actoral de lo más discreta, tras estos dos trabajos como director se perfila como un talento a seguir de cerca, demostrando tanto un buen conocimiento del cine policíaco como cierta habilidad a la hora de hablar en una película de género sobre sus preocupaciones más personales. Y es que Affleck se revela como un cineasta con cosas que decir: al igual que Adiós pequeña, adiós o incluso El indomable Will Hunting (Good Will Hunting, Gus Van Sant, 1997), cuyo guión Affleck escribió junto con su buen amigo Matt Damon, The town es entre otras cosas un retrato de los barrios más desfavorecidos de Boston, ciudad en la que se crió el director.

     Explicada a granes rasgos la trama de The town se sitúa en el barrio bostoniano de Charlestown y gira alrededor de los delitos cometidos por una banda de atracadores liderada por Doug MacRay (el propio Affleck, en una más que correcta interpretación) y James Coughlin (Jeremy Renner) y de su seguimiento policial bajo la dirección del agente del FBI Adam Frawley (Jon Hamm). Como se puede ver a primera vista The town no cuenta nada nuevo, pero lo cierto es que lo cuenta con tanta convicción que el espectador asiste a los hechos narrados con mucho mayor interés del habitual. Quizás ello se deba a la humanidad que destilan los personajes, en especial Doug; en la descripción de este protagonista resulta de vital importancia la historia de amor que mantiene con Claire Keesey (la siempre estupenda Rebecca Hall), precisamente la directora del banco que la banda había atracado al principio del relato y que fue tomada como rehén. Esta línea argumental, criticada por algunas voces pero a mi parecer muy interesante, sirve para que Doug tenga por primera vez conocimiento de los efectos que sus delitos tienen sobre sus víctimas colaterales: Claire aún no ha superado el miedo que sintió cuando fue puesta en libertad por sus secuestradores, momento en el que creyó que iba a ser eliminada por su condición de testigo directo del robo. Fruto de este trauma no superado, el mundo de esta mujer se resquebrajará de arriba abajo y, paradójicamente, solo hallará comprensión en Doug sin saber que él es uno de los causantes de su desdicha. A pesar de los mundos opuestos a los que pertenecen ambos amantes lo que acabará uniéndoles será su necesidad de cambiar de vida y de olvidar la violencia que han tenido que presenciar. Hay que destacar que (atención: SPOILER) Affleck tiene el acierto de cerrar esta historia de amor con un inteligente y hermoso final abierto, en el que queda en el aire el posible reencuentro futuro de la pareja tras la huida final de Doug.

     El propio Affleck ha admitido la influencia que sobre su último trabajo ha ejercido la ya mítica película Heat (id, Michael Mann, 1995). Las conexiones entre ambas películas no se reducen a su adscripción al cine de policías y ladrones, sino que se manifiestan en detalles más concretos de la trama como la vigilancia policial a la que se ven sometidos los protagonistas o la relación amorosa entablada entre un atracador de bancos y una mujer desconocedora de las ocupaciones delictivas de su amante. Pero más allá de estas innegables conexiones argumentales, y salvando todas las distancias que se quieran, veo en The town un espíritu que me recuerda al de algunas muestras del mejor cine negro clásico como El último refugio (High sierra, Raoul Walsh, 1941), La jungla de asfalto (The asphalt jungle, John Huston, 1950) o Atraco perfecto (The killing, Stanley Kubrick, 1956). Al igual que sus ilustres precedentes Ben Affleck no desdeña la crítica social que siempre ha formado parte del género negro, retratando a los delincuentes como víctimas del duro entorno en el que han crecido: un barrio, el de Charlestown, que ha condicionado sus vidas dificultándoles una existencia dentro de los márgenes de la ley. Para hombres como James o Doug no ha existido otro camino posible que el del mundo del crimen: mientras que el primero admite desconocer otro medio con el que ganarse la vida, y quizás de modo inconsciente exteriorizar la violencia que lleva dentro y que es fruto de una existencia entera rodeada por la delincuencia, Doug conocerá por sí mismo los obstáculos que prácticamente les imposibilitan dejar ese mundo atrás, enfrentándose a los siniestros gángsters que mueven los hilos en Charlestown y que juegan arbitrariamente con el destino de quienes residen allí oprimiéndoles en beneficio propio.

     No menos significativo es el poco complaciente dibujo que la película realiza de unas fuerzas del orden personificadas en el agente Adam Frawley, a quien nunca veremos fuera de su ocupación o en un momento de descanso: Frawley parece vivir solo para su trabajo y no parece tener vida privada, tal y como sugiere su aspecto siempre desaliñado y su rostro con barba de un par de días. Descrito como un funcionario que realiza su labor con tanta determinación como frialdad, Frawley se perfila además como un ser sin escrúpulos capaz de todo con tal de ganarles la partida a sus rivales: durante una redada en el piso de un delincuente mostrará una violencia equiparable a la exhibida por los ladrones durante sus atracos, y más tarde manipulará cruelmente a Krista Coughlin (Blake Lively), hermana de James y ex-novia de Doug, para que traicione a ambos. Cabe destacar que la descripción del personaje de Frawley se ve beneficiada por la precisa interpretación de Jon Hamm, el protagonista de la excelente serie de televisión Mad men.

     Pese a las citadas conexiones argumentales con Heat, desde un punto de vista formal el cine de Affleck se distancia notablemente del estilo más moderno de Michael Mann. Al igual que algunos de los mejores thrillers de los últimos años -Munich (id, Steven Spielberg, 2005), La noche es nuestra (We own the night, James Gray, 2007), Zodiac (id, David Fincher, 2007)…- The town se decanta por un estilo que tiene sus raíces en el cine policíaco de los años 70, en especial el practicado por cineastas como Sidney Lumet, John Frankenheimer, William Friedkin, el primer Walter Hill o incluso el Fred Zinnemann de Chacal (The day of the Jackal, 1973). De este modo la puesta en escena de Affleck, de una madurez poco frecuente de encontrar hoy en día, huye en todo momento de los efectismos y renuncia a espectacularizar la violencia, apostando en cambio por una gran sobriedad narrativa.

     Los ejemplos del buen hacer de Affleck detrás de las cámaras abundan en esta notable película. Quizás lo más llamativo de The town consista en el vigor y la elegancia de sus excelentes secuencias de acción, especialmente las que tienen lugar durante la última y trepidante media hora de metraje; pero más allá de la efectividad de estas secuencias lo que resulta destacable es el tacto de Affleck a la hora de guardar cierta distancia con la violencia que muestra: en ningún momento recurre a planos cortos para mostrar el impacto de las balas en los cuerpos, e incluso en una de las secuencias finales (y en un recurso formal ya utilizado en Adiós pequeña, adiós) recurre a un rápido fundido en negro ahorrándole al espectador uno de los instantes más virulentos de la cinta. En otros momentos el director recurre a detalles más sutiles pero de un enorme significado: en la secuencia del primera atraco, y en medio de una gran tensión, el director inserta un plano desde el punto de vista de Doug, quien recorre con la mirada el cuerpo de Claire: lo que en un principio podría parecer una imagen gratuita sirve para adelantar una parte importante de la trama que se desarrollará después. Otra secuencia, la de la discusión entre Doug y James cuando el primero anuncia su intención de abandonar el mundo del crimen, se sirve del escenario en el que se desarrolla, una calle situada al lado de un pequeño cementerio, para subrayar las raíces irlandesas en las que se fundamenta tanto la relación entre los dos amigos como su inquebrantable código de honor. Por último, hay que mencionar una breve secuencia de suspense de clara inspiración hitchcockiana, el momento en el que James descubre la relación entre Doug y Claire: de un modo oportuno y nada enfático Affleck se sirve de las posibilidades compositivas del formato panorámico para destacar a un lado del encuadre el tatuaje en la nuca de James, que puede facilitar a Claire el identificarle como a uno de los atracadores, mientras al otro lado del encuadre Doug se percata de la situación y trata de desviar la atención de la mujer. Detalles como éstos acreditan a Ben Affleck como un buen cineasta y hacen que esperemos con gran interés nuevas muestras de su incipiente talento.