sábado, 30 de junio de 2012

El señor de la noche según Christopher Nolan. Primera parte: BATMAN BEGINS


     Existe un breve momento en Following (id, 1998), el modesto pero interesante debut en la dirección de Christopher Nolan, en el que aparece fugazmente un emblema de Batman como parte del atrezo. Probablemente no se trata más que de una simple casualidad, pues difícilmente el cineasta británico podía imaginar que pocos años después dirigiría Batman begins (id, 2005), primera parte de una trilogía que completaría con El caballero oscuro (The dark knight, 2008) y El caballero oscuro: La leyenda renace (The dark knight rises, 2012). Sin embargo, y aunque antes del estreno de Batman begins muchos calificaron de arriesgada la elección de Nolan como su máximo responsable, no es menos cierto que el personaje del hombre murciélago guarda una estrecha relación con los protagonistas de sus demás ficciones cinematográficas. De este modo Bruce Wayne (Christian Bale) está tan atormentado por la muerte de sus padres como Leonard Shelby (Guy Pearce) lo estaba por el asesinato de su esposa en Memento (id, 2000), Will Dormer (Al Pacino) por la muerte de su compañero en Insomnio (Insomnia, 2002) o Cobb (Leonardo DiCaprio) por el suicidio de su esposa en Origen (Inception, 2010). Por otro lado la doble identidad de Wayne, quien adopta una imagen frívola de cara al exterior y tan solo revela su auténtica naturaleza cuando oculta su rostro tras una máscara, guarda gran relación con la tortuosa existencia del Alfred Borden (también interpretado por Christian Bale) de El truco final (The prestige, 2006), quien con la intención de convertirse en el mejor profesional del ilusionismo sacrificaba su vida personal recurriendo al desdoblamiento. Se mire por donde se mire, el superhéroe creado por Bob Kane le permitía a Nolan seguir indagando en temas recurrentes de su obra como la obsesión, la venganza, el sentimiento de culpabilidad o la importancia de un pasado marcado por la muerte.

     Batman begins es una película dividida en dos partes. La primera de ellas renuncia a una estructura lineal (tal y como sucede en casi toda la filmografía de Nolan), alternado dos líneas narrativas. Una de ellas consiste en varios flashbacks que describen algunos episodios fundamentales de la infancia y juventud de Bruce Wayne: la tierna relación con su padre Thomas (un breve pero excelente Linus Roache), de quien guarda un recuerdo idealizado; el trágico suceso en el que sus padres perdieron la vida a manos del atracador Joe Chill (Richard Brake); la relación de tintes paterno-filiales que Bruce establece con su mayordomo Alfred (un espléndido Michael Caine), personaje que adquiere aquí un mayor peso respecto al que tenía en muchos cómics o en los anteriores largometrajes dedicados a Batman; el intenso momento en que un veinteañero Bruce está punto de vengarse de Joe al ser éste puesto en libertad tras un encarcelamiento de varios años, tentación frustrada cuando el criminal es asesinado por un sicario de la mafia (en una secuencia que, por otro lado, evoca el famoso asesinato de Lee Harvey Oswald a manos de Jack Ruby)… Este último suceso será de vital importancia para la formación del carácter del protagonista y su decisión de convertirse en un justiciero enmascarado: al asistir a la muerte del asesino de sus padres, Bruce sentirá tanto la impotencia de no poder llevar a cabo su venganza como la vergüenza de haber estado a punto de tomar un camino que habría deshonrado la memoria de su familia.

     La segunda línea narrativa muestra los viajes de un adulto Bruce alrededor del mundo con el propósito de conocer el mundo de la delincuencia y aprender a sobrevivir en circunstancias extremas. En uno de ellos conocerá al enigmático Henri Ducard (Liam Neeson), quien le introducirá en La liga de las sombras, una no menos misteriosa organización secreta dedicada a erradicar el mal y la injusticia haciendo uso del sigilo, la intimidación y la violencia. Durante su proceso de iniciación para formar parte de la Liga, Wayne le confesará a Ducard que ya no se siente responsable de la muerte de sus padres, pero que a cambio se ha despertado en él un irrefrenable sentimiento de ira. Sin embargo, y aunque las lecciones de lucha e infiltración de Ducard le serán de gran ayuda al futuro hombre murciélago, los despiadados métodos de La liga de las sombras le provocan un enorme rechazo pues en su opinión sobrepasan el ideal de la justicia para abrazar abiertamente la venganza pura y dura; será en este momento cuando Bruce Wayne emprenderá el camino definitivo a su transformación en el señor de la noche.

     La segunda parte de la película arranca cuando Bruce Wayne regresa a Gotham dispuesto a convertirse en Batman, iniciando una lucha contra el crimen organizado que también le llevará a enfrentarse al Dr. Crane, alias El Espantapájaros (Cillian Murphy), y a la mismísima Liga de las sombras. Es en esta parte donde Nolan se acerca temática y estilísticamente a uno de los más célebres cómics dedicados al hombre murciélago: el excelente Batman: Año Uno (1988), escrito por Frank Miller e ilustrado por David Mazzucchelli. Aunque no puede ser considerada una adaptación cinematográfica del prestigioso cómic, Batman Begins coincide con éste no solo en la meticulosa narración de las primeras andanzas del héroe, en la descripción del sargento James Gordon (Gary Oldman) como el único policía honrado de Gotham o en la aparición de personajes secundarios ya presentes en la obra de Miller y Mazzucchelli como el gángster Carmine Falcone (Tom Wilkinson), el policía corrupto Flass (Mark Boone Junior) o el comisario Loeb (Colin McFarlane), sino también en el tono adulto y hasta cierto punto verosímil con el que afronta un relato de superhéroes. De ahí que Gotham no sea aquí esa ciudad a medio camino entre la arquitectura gótica y el expresionismo alemán que aparecía en las dos películas de Tim Burton dedicadas al hombre murciélago, sino una gran urbe azotada por la lluvia, la suciedad y el crimen intercambiable con cualquiera de las grandes metrópolis del mundo real; de ahí también que el tono de la película, en ocasiones áspero y poco complaciente, sea mucho más próximo al género policíaco que al fantástico. Quizá por ello las referencias cinéfilas esparcidas a lo largo de la película no guardan relación con el cine de superhéroes, sino con la saga Bond: véase el personaje de Lucius Fox (Morgan Freeman), similar al Q (Desmond Llewelyn) de la serie del agente 007, o la explosión del templo situado en lo alto de una montaña nevada, que tanto recuerda a una de las secuencias más espectaculares de Al servicio secreto de su majestad (On her majesty’s secret service, Peter Hunt, 1969), no por casualidad uno de los títulos favoritos de Nolan.

     Otra de las aportaciones más interesantes de Batman begins es la de asociar la asunción del rol de héroe por parte de Bruce Wayne con el progresivo control que éste va adquiriendo sobre sus miedos, lógicamente simbolizados por la figura del murciélago. Ya la primera secuencia de la película, un flashback sobre la infancia de Bruce, muestra el gran terror que le provocan los murciélagos cuando se topa con decenas de ellos al caer accidentalmente a un pozo seco. Precisamente el recuerdo de esa traumática experiencia provocará indirectamente la muerte de sus padres: durante una representación operística las imágenes del espectáculo reavivarán los miedos del más pequeño de los Wayne, motivando la decisión de sus padres de abandonar el teatro y salir a la calle, lo que les llevará a ser asaltados por el delincuente Joe Chill: “No tengas miedo” serán las últimas palabras pronunciadas por Thomas Wayne antes de fallecer. Afrontando definitivamente sus temores, el futuro Batman instalará su sede de operaciones en una cueva repleta de murciélagos y adoptará su forma convirtiéndolos de este modo en sus máximos aliados en la guerra contra el crimen.

     Batman begins es una buena película engrandecida por su estupenda banda sonora, compuesta a cuatro manos por Hans Zimmer y James Newton Howard, y por las interpretaciones de su magnífico reparto, encabezado por un Christian Bale que se convierte claramente en la mejor encarnación cinematográfica de Bruce Wayne. Sin embargo es una lástima que una serie de irregularidades impidan que ésta sea una película del todo lograda. Por un lado todo lo relativo al proceso de aprendizaje de Bruce Wayne bajo la tutela de Henri Ducard se ve lastrado por la presencia de tópicos acerca de las relaciones entre maestro y aprendiz, a lo que no ayuda que el personaje de Liam Neeson recuerde en exceso a los interpretados por el mismo actor en Star Wars: Episodio I. La amenaza fantasma (Star Wars: Episode I. The phantom menace, George Lucas, 1999) o El reino de los cielos (Kingdom of heaven, Ridley Scott, 2005), a pesar del buen trabajo del actor irlandés. Tampoco muy afortunadas son las secuencias en las que los habitantes de Gotham sufren los efectos de unos poderosos narcóticos aplicados por los villanos a fin de infundirles terror, escenas lastradas por numerosas imágenes alucinatorias que rompen con la estética realista perseguida por Christopher Nolan y el director de fotografía Wally Pfister. Por lo que respecta a las secuencias de acción, algunas peleas cuerpo a cuerpo se ven perjudicadas por un montaje excesivamente frenético, si bien merecen ser destacados momentos mucho más logrados como la primera aparición nocturna de Batman en los muelles, que describe adecuadamente la confusión de los matones que se enfrentan a él en la oscuridad, o la espléndida secuencia en la que el hombre murciélago escapa del acoso policial escudándose tras cientos de quirópteros que han acudido en su rescate, en lo que por otro lado supone un homenaje a un brillante fragmento de Batman: Año Uno. En suma un conjunto de imperfecciones, lógicas al tratarse de la primera gran superproducción de Nolan, que el cineasta pulirá en la mucho más redonda El caballero oscuro.


viernes, 4 de mayo de 2012

Premios Liebster


     La gata con gafas ha tenido la amabilidad de conceder a este blog uno de sus premios Liebster. El funcionamiento de estos galardones consiste en que el administrador de un blog debe seleccionar otros cinco que le gusten por alguna razón especial, con la única condición de que ninguno de ellos supere el número de doscientos seguidores; a continuación, los propietarios de los cinco blogs premiados deben realizar, si quieren, sus propias recomendaciones, creando de este modo una cadena de enlaces por toda la blogosfera.

     Quiero expresar mi agradecimiento a La gata con gafas por su mención. A la hora de preparar mis premios Liebster no me ha resultado fácil confeccionar una lista de cinco blogs, ya que siempre duele dejar fuera a uno u otro. De todos modos lo que sigue es una lista de blogs que suelo consultar frecuentemente y que me parecen muy recomendables por diferentes motivos. No están todos los que son, pero son todos los que están.

     1. El cine según Tomás Fernández Valentí. Este blog casi no necesita presentación. Se trata del blog personal de uno de los críticos más conocidos y admirados de España, en especial gracias a su labor en las revistas Dirigido por… e Imágenes de actualidad, así como a libros tan recomendables como David Lean. La emoción y el espectáculo. Un lugar de encuentro imprescindible para todos los aficionados al cine.

     2. Esbilla cinematográfica popular. Completísimo blog en el que su autor, Adrián Esbilla, hace gala de una saludable falta de prejuicios a la hora de analizar películas pertenecientes a todo tipo de géneros, estilos y nacionalidades, con una predilección especial por la serie B y el cine de género europeo. Ideal para descubrir joyas ocultas del séptimo arte.

     3. Impresiones de una principiante. Blog personal de Roxana Gark dedicado casi por completo a su actor favorito, el siempre excelente Ewan McGregor, de quien publica entrevistas, fotografías, imágenes animadas e incluso algunos diálogos de sus películas. Sin embargo en este sitio también tienen cabida otras devociones cinéfilas de su autora como el actor Michael Fassbender o la película Midnight in Paris (id, Woody Allen, 2011). A destacar el hermoso acabado visual de la página, toda una fiesta para los ojos.

     4. Memoria perdida. Blog en el que su autora, Anna Genovés, publica tanto ensayos como poemas o relatos de ficción. Los temas de sus escritos son muy diversos, pero casi todos tienen un marcado tono autobiográfico además de un estupendo sentido del humor que aporta un tono jocoso a su lectura.

     5. El inquietante bypass. Destaco por último este blog de reciente creación en el que su autor, J.C. Alonso, diserta sobre sus principales aficiones, entre ellas el cine, la música o la ficción televisiva. Un blog a seguir con atención en el que resulta visible el entusiasmo de su autor a la hora de escribir sobre diferentes temas que van desde Ernst Lubitsch a Mickey Rourke pasando por la música de los Clash o el film noir.

sábado, 21 de abril de 2012

Las mejores bandas sonoras de 2011



     Como ya hice el año pasado, dedico unas líneas a las cinco mejores bandas sonoras de la temporada. Antes de nada creo conveniente precisar que me voy a centrar en composiciones pertenecientes a películas estrenadas a lo largo de 2011 en España, de ahí que no cite músicas tan excelentes como las de War horse (id, Steven Spielberg, 2011), de John Williams, o La invención de Hugo (Hugo, Martin Scorsese, 2011), de Howard Shore. Por otro lado me gustaría destacar algunas partituras que no figuran en la lista pero que bien podrían haberlo hecho: El árbol de la vida (The tree of life, Terrence Malick, 2011), Drive (id, Nicolas Winding Refn, 2011), Cisne negro (Black swan, Darren Aronofsky, 2010) o Las aventuras de Tintín: El secreto del unicornio (The adventures of Tintin: The secret of the unicorn, 2011), compuestas respectivamente por Alexandre Desplat, Cliff Martinez, Clint Mansell y John Williams. De todos modos mis bandas sonoras favoritas de 2011 son las siguientes:

1. The artist de Ludovic Bource

     The artist (id, 2011), la estupenda película de Michel Hazanavicius, ha supuesto un verdadero tour de force para su compositor habitual Ludovic Bource. Al tratarse de un film (casi enteramente) mudo, el compositor francés tenía el gran reto de acompañar musicalmente todas y cada una de sus secuencias, a excepción de los momentos de silencio absoluto y de la incorporación de unos pocos temas ajenos como la canción Pennies from Heaven o el tema de amor compuesto por Bernard Herrmann para  Vértigo (Vertigo, Alfred Hitchcock, 1958). El resultado es francamente encomiable y supone un magnífico homenaje tanto a las partituras del cine mudo como a las grandes bandas sonoras del período clásico de Hollywood. Existen muchos momentos admirables en el trabajo de Bource: la enérgica obertura de los títulos de crédito iniciales; el ya famoso leitmotiv, de carácter alegre y juguetón, dedicado al personaje de George Valentin; la espectacular música sinfónica de las ficticias películas interpretadas por el galán; el hermoso vals asociado al personaje de Peppy Miller; los melancólicos y elegantes temas que ilustran la caída en el olvido del protagonista; la intensa música dramática que acompaña la secuencia del incendio en la casa de Valentin…




2. Valor de ley de Carter Burwell

     Son muchos quienes se limitan a considerar a Carter Burwell como el músico por excelencia de los hermanos Coen, pero este veterano compositor es mucho más que eso, tal y como demuestran excelentes partituras como las de Conspiración (Conspiracy theory, Richard Donner, 1997), Dioses y monstruos (Gods and monsters, Bill Condon, 1998), La hija del general (The general’s daughter, Simon West, 1999) o Antes que el diablo sepa que has muerto (Before the devil knows you’re dead, Sidney Lumet, 2007). En Valor de ley (True grit, Joel y Ethan Coen, 2010) Burwell ha optado inteligentemente por distanciarse de la espectacular banda sonora compuesta por Elmer Bernstein para la película original de Henry Hathaway, decantándose por una partitura mucho más intimista y sensible, con una gran presencia del piano, que realza el carácter iniciático de las aventuras de la joven Mattie interpretada por Hailee Steinfeld. A pesar de ello tampoco faltan momentos de gran intensidad en secuencias como el cruce del río o el tiroteo final, momentos en los que Burwell da rienda suelta a su aliento épico. Sin duda una gran banda sonora y una notable aportación musical al género del western.



3. El topo de Alberto Iglesias

     Antes de El topo (Tinker Tailor Soldier Spy, Tomas Alfredson, 2011) el compositor donostiarra Alberto Iglesias ya había puesto música a otra adaptación de una novela de John le Carré en El jardinero fiel (The constant gardener, Fernando Meirelles, 2005). Sin embargo los dos trabajos no podrían ser más diferentes entre sí, pues la ambientación africana de El jardinero fiel le permitió al compositor experimentar con la música étnica. En cambio para la película de Alfredson, ambientada en los años 70 con la guerra fría como telón de fondo, Iglesias se ha decantado por el jazz, una opción perfecta para describir la frialdad del mundo del espionaje. La partitura está presidida por un tema dedicado a George Smiley, el triste y solitario protagonista de El topo cuyas andadas están acompañadas por Iglesias con una melancólica trompeta. En los momentos de suspense el músico ofrece una música más enérgica y nerviosa, recurriendo en contadas ocasiones a la guitarra eléctrica, mientras que en los momentos más apesadumbrados cobran un especial protagonismo el piano y los instrumentos de cuerda. En suma una banda sonora sutil pero muy adecuada para las dramáticas imágenes de la película y que supone un importante paso en firme en la trayectoria internacional del compositor.



4. X-Men: Primera generación de Henry Jackman

     A diferencia de otras sagas cinematográficas de superhéroes, la de los X-Men ha contado con un compositor diferente para cada una de sus entregas, desde el ya fallecido Michael Kamen en la primera parte hasta músicos más jóvenes como John Ottman, John Powell o Harry Gregson-Williams en las sucesivas secuelas. En X-Men: Primera generación (X-Men: First class, Matthew Vaughn, 2011) el músico elegido ha sido Henry Jackman, quien a pesar de su corta experiencia en el mundo de las bandas sonoras ha realizado el mejor trabajo musical de la saga. De su partitura destacan especialmente dos temas realmente brillantes: el primero, un himno dedicado a la patrulla X, describe con energía el valor y la heroicidad del grupo de jóvenes mutantes y aparece en los momentos más espectaculares de la cinta; el segundo, mucho más contundente, está dedicado al vengativo personaje de Magneto y destaca por la poderosa presencia de la guitarra eléctrica, aportando gran intensidad a secuencias como la caza de nazis en Argentina. No es de extrañar que varios fragmentos de esta estupenda banda sonora ya estén siendo utilizados en diversos tráilers y spots publicitarios, augurando un futuro muy prometedor para Jackman.



    

5. Super 8 de Michael Giacchino

     La colaboración entre el compositor Michael Giacchino y el director, productor y guionista J.J. Abrams es una de las más sólidas e interesantes de la última década, especialmente gracias a la ya legendaria serie de televisión Perdidos (Lost, 2004-2010). Para Super 8 (id, 2011), la irregular tercera película dirigida por Abrams, Giacchino ha confeccionado una de sus bandas sonoras más completas, con temas que basculan entre la melancolía, la aventura, el romanticismo o el terror. Existen multitud de instantes memorables en este trabajo, desde el leitmotiv dedicado a la pareja de niños hasta los momentos de suspense en los que se percibe la presencia de la misteriosa criatura, pasando por la música amenazadora dedicada al ejército o el magnífico tema de la despedida final. Merece la pena destacar la música compuesta por Giacchino para el ficticio cortometraje que los protagonistas filman a lo largo de su aventura y que aparece durante los títulos de crédito finales de Super 8: más de tres minutos de puro homenaje a la ciencia ficción de serie B, con la inclusión de la entrañable música de theremin siempre asociada al género desde que Bernard Herrmann la utilizara en Ultimátum a la Tierra (The day the Earth stood still, Robert Wise, 1951).



viernes, 9 de marzo de 2012

Las mejores películas de 2011



     En esta ocasión he preferido publicar la lista de mis películas favoritas del año algo más tarde de lo habitual, una vez he podido recuperar algunos títulos que aún no había tenido tiempo de ver. Como siempre me he centrado en películas estrenadas en España desde enero hasta diciembre del año pasado. En mi opinión 2011 no fue un gran año de cine, pero lo cierto es que poco a poco fueron apareciendo notables películas, algunas de ellas imprescindibles. Lo que sigue es una selección de diez títulos, algunos de ellos muy diferentes entre sí pero en mi opinión igualmente recomendables.

1. El árbol de la vida
de Terrence Malick


     Por la belleza de sus imágenes, por la libertad creativa que transmite cada uno de sus fotogramas, por la emoción con la que retrata la existencia humana, por todos aquellos espectadores que la han vivido como una experiencia única e incluso por todos aquellos que ni siquiera han podido aguantar su visionado. Por todos estos motivos y por muchos más El árbol de la vida (The tree of life, Terrence Malick, 2011) merece ser considerada la película del año.

2. Más allá de la vida
de Clint Eastwood


     Sin duda la gran película a reivindicar de la temporada, Más allá da la vida (Hereafter, 2010) es también uno de los títulos más infravalorados de Clint Eastwood. El que sin duda es el mejor cineasta de nuestros días demuestra de nuevo su sensibilidad a la hora de retratar a unos personajes cuya obsesión con la muerte les impide disfrutar de la vida. Algunas secuencias (el tsunami que arrasa Tailandia, le evolución de la historia de amor entre Matt Damon y Bryce Dallas Howard) están a la altura de lo mejor de su director.

3. Drive
de Nicolas Winding Refn


     Lo primero que sorprende de Drive (id, 2011) es que su director, el danés Nicolas Winding Refn, ni siquiera sabe conducir. Pero su película es mucho más que una historia de persecuciones y conductores solitarios; es, ante todo, el ejercicio de estilo más cool de la temporada, un relato negro dotado de una puesta en escena tan fascinante como la chaqueta que siempre lleva el misterioso personaje encarnado por un espléndido Ryan Gosling.

4. The artist
de Michel Hazanavicius


     The artist (id, Michel Hazanavicius, 2011) es una de esas joyas que solo aparecen de vez en cuando, una película surgida prácticamente de la nada que se ha ganado el corazón de todo tipo de espectadores rindiendo tributo a un cine, el mudo, que aún espera ser descubierto por toda una generación. Hacía años que una película tan buena no ganaba el Oscar.

5. El topo
de Tomas Alfredson


     El topo (Tinker Tailor Soldier Spy, Tomas Alfredson, 2011) nos devuelve el mejor cine de espías con una compleja historia de engaño, traición y soledad. El escritor John le Carré debe de sentirse orgulloso por cómo un extraordinario grupo de actores ha dotado de vida a los personajes surgidos de su pluma. Crucemos los dedos y esperemos encontrarnos de nuevo con el George Smiley al que interpreta un magistral Gary Oldman.

6. Cisne negro
de Darren Aronofsky


     Cisne negro (Black swan, Darren Aronofsky, 2010) será recordada durante mucho tiempo por la impresionante interpretación de una Natalie Portman en estado de gracia, pero es que además se trata de una película barroca, densa y asfixiante en la que cohabitan referentes tan diversos como Alfred Hitchcock, Roman Polanski o Satoshi Kon. Tchaikovsky se sorprendería de ver una representación de El lago de los cisnes tan inquietante como ésta.

7. Mother
de Bong Joon-Ho


     Es realmente triste que una película de la calidad de Mother (Madeo, Bong Joon-Ho, 2009) no haya sido estrenada en los cines de España, siendo explotada directamente en dvd y además con bastante retraso. Esta joya del cine policíaco, que en muchos aspectos prosigue el camino trazado por su director en la no menos recomendable Memories of murder (Salinui chueok, Bong Joon-Ho, 2003), analiza hasta donde puede llegar una madre (genialmente interpretada por Kim Hye-Ja) con tal de demostrar la inocencia de su hijo en un espeluznante caso de asesinato. Una película dura, intensa, apasionante.

8. Melancolía
de Lars von Trier


     Melancolía (Melancholia, Lars von Trier, 2011) es una película capaz de hablarnos del fin del mundo haciendo gala de una estética que deja sin habla por su belleza, brindándonos además un inolvidable prólogo acompañado de música wagneriana. Por esta película Kirsten Dunst rivaliza seriamente con Natalie Portman por el podio a la mejor interpretación del año.

9. Valor de ley
de Joel y Ethan Coen


     Considero que en muchos aspectos Valor de ley (True grit, Joel y Ethan Coen, 2010) es inferior a la película del mismo título dirigida por Henry Hathaway en 1969. A pesar de ello su clasicismo formal, la hermosa fotografía de Roger Deakins, la excelente banda sonora de Carter Burwell y las estupendas interpretaciones de Jeff Bridges y Hailee Steinfeld hacen de este film uno de los mejores westerns de la última década.

10. X-Men: Primera generación
de Matthew Vaughn


     X-Men: Primera generación (X-Men: First class, Matthew Vaughn, 2011) es un gozoso divertimento fruto una coctelera en la que se mezclan ingredientes tan diversos como los superhéroes del cómic, la estética de los años 60, la guerra fría y la crisis de los misiles cubanos. Michael Fassbender, actor que ha llegado para quedarse, está sencillamente sensacional.

domingo, 19 de febrero de 2012

Un traidor entre nosotros: EL TOPO



     El estreno de El topo (Tinker Tailor Soldier Spy, Tomas Alfredson, 2011) sirve para constatar lo bien que siempre se ha llevado el cine con la obra literaria de John le Carré. Concretamente dos películas como El espía que surgió del frío (The spy who came in from the cold, Martin Ritt, 1965) y Llamada para el muerto (The deadly affair, Sidney Lumet, 1966) aportaron una mirada escéptica y escasamente sofisticada de la guerra fría y del mundo del espionaje, sirviendo de contraste a las por otro lado estupendas aventuras cinematográficas del agente 007 protagonizadas por Sean Connery. Todo ello sin olvidar un título como La casa Rusia (The Russia House, Fred Schepisi, 1990), simbólica despedida de una manera de concebir el cine de espías filmada en los estertores de la Unión Soviética, por no hablar de cintas posteriores como El sastre de Panamá (The tailor of Panama, John Boorman, 2001) o El jardinero fiel (The constant gardener, Fernando Meirelles, 2005), incisivas visiones de la política internacional de nuestros días. Curiosamente en dos de los títulos citados ya aparecía George Smiley, el personaje al que da vida Gary Oldman en El topo: en El espía que surgió del frío en un papel secundario bajo los rasgos de Rupert Davies y en Llamada para el muerto como personaje principal a cargo de James Mason; además Sir Alec Guinness también le dio vida en dos series de televisión, una de las cuales, Calderero, sastre, soldado, espía (Tinker, Tailor, Soldier, Spy, John Irvin, 1979), adaptaba la misma novela en la que se basa la película de Tomas Alfredson.
     De entrada El topo presenta una característica que la distancia de los largometrajes citados líneas atrás: de todas las películas inspiradas en las novelas de le Carré ambientadas en la guerra fría, El topo es la primera realizada una vez ese conflicto ha finalizado, siendo hoy recordado como uno de los capítulos más tristes y dramáticos de la historia del siglo XX. Quizá por ello el tono áspero y desencantado que caracteriza la obra del escritor británico impregna la película de Alfredson desde el primer hasta el último fotograma. De este modo el paisaje humano que describe El topo no puede ser más desolador, con la traición como un elemento muy presente en las vidas de todos los personajes. De hecho la trama principal de la cinta describe cómo George Smiley debe descubrir cual de los altos funcionarios del servicio secreto británico con los que trabaja es un traidor que pasa información secreta a los rusos. Sin embargo el acto de la traición o el sentimiento de sentirse traicionado es extrapolable a todos los seres que rodean la existencia de Smiley: su esposa Ann (Katrina Vasilieva) le ha abandonado tras engañarle con uno de sus compañeros de trabajo; el espía Jim Prideaux (Mark Strong) sufre en sus propias carnes la traición del topo cuando cae en una trampa en Budapest; Smiley descubre con gran dolor que su anterior superior Control (John Hurt) le consideraba a él uno de los principales sospechosos de ser el topo; el arribista Percy Alleline (Toby Jones) aprovecha el descrédito de sus compañeros de profesión para escalar posiciones en la cúpula del MI6; el agente Peter Guillam (Benedict Cumberbatch) se ve obligado a abandonar a su amante homosexual antes de que su relación secreta salga a la luz y ponga en peligro su trabajo en el servicio de inteligencia… Ni siquiera el propio Smiley está completamente libre de culpa, puesto que le promete al agente inglés Ricki Tarr (Tom Hardy) ayudarle a sacar a su amada Irina (Svetlana Khodchenkova) de la Unión Soviética a cambio de su colaboración en el caso, a pesar de saber que le será prácticamente imposible cumplir esa promesa.

    La magnífica interpretación de Gary Oldman resulta en todo momento fundamental para transmitir la desesperanza y el abatimiento de George Smiley. El actor inglés, con toda probabilidad en la mejor interpretación de su carrera, compone un Smiley frío, distante, solitario y observador que apenas habla o se relaciona con los demás. Un simple gesto o una simple mirada le bastan a Oldman para transmitir la angustia vital de un inteligente jugador inmerso en una peligrosa partida de ajedrez que no se juega con piezas de madera sino con seres humanos. En ese sentido resultan espléndidas las breves escenas con las que su personaje queda descrito al comienzo de la película: tras dimitir del servicio secreto a indicación de Control (atención a ese gesto de Smiley cuando su superior le indica que debe abandonar el puesto, algo que aceptará a pesar de su sorpresa) vemos al protagonista realizando sus rutinas diarias y no será hasta que se reincorpore al MI6 cuando le veremos hablar por primera vez. Más tarde, en una de las secuencias más intensas de El topo, un Smiley visiblemente afectado por el alcohol rememorará la ocasión en la que conoció brevemente a Karla, jefe del servicio secreto soviético y su más directo rival: la triste mirada de Smiley y la parsimonia con la que pronuncia su monólogo evidencian que, en el fondo, el mundo de los espías ha dejado de tener sentido para él, pues en realidad los métodos y los procedimientos seguidos por espías británicos y soviéticos son igual de retorcidos y despiadados. Tal y como en una ocasión le comenta una antigua compañera de trabajo, al menos la Segunda Guerra Mundial era un conflicto de cuya participación podían sentirse orgullosos.

     Confirmando el talento demostrado en su anterior cinta de terror Déjame entrar (Låt den rätte komma in, 2008), el director Tomas Alfredson narra con claridad y fluidez esta compleja historia repleta de mentiras, engaños y medias verdades, describiendo con precisión ese gélido mundo de espías en el que se hallan atrapados todos los personajes. Su brillante labor tras las cámaras queda demostrada con pasajes tan logrados como la reunión del agente Jim Prideaux con un misterioso contacto en Budapest, momento repleto de tensión e intriga; el robo de unos documentos secretos por parte de Peter Guillam, secuencia de un logrado suspense y con un eficaz uso del montaje en paralelo; el hitchcockiano plano en la que Ricki Tarr observa las diferentes acciones que se producen en el apartamento de Irina a través de sus ventanas; la tensa conversación  que se produce entre el sospechoso Toby Esterhase (David Dencik) y Smiley en una pista de aterrizaje; la expectación creada cuando, oculto en un piso franco, Smiley está a punto de descubrir la identidad del topo; o el montaje final que nos muestra cómo la resolución del caso ha afectado a la vida de todos los personajes, brillante conclusión acompañada por una versión de La mer… interpretada por Julio Iglesias. 


viernes, 13 de enero de 2012

La soledad del conductor: DRIVE



     No existe un solo momento a lo largo de Drive (id, Nicolas Winding Refn, 2011) en el que se pronuncie el nombre del personaje admirablemente interpretado por Ryan Gosling. Se trata, sencillamente, del conductor. De hecho es muy poco lo que sabemos de él pero, sin embargo, difícilmente podría resultar más fascinante. Siempre ataviado con una fabulosa chaqueta decorada con un escorpión dorado, el conductor es un individuo parco en palabras, solitario como el que más, que tan solo parece sentirse vivo cuando tiene las manos al volante. Poco importa que sea trabajando como mecánico en un taller, llevando a cabo las peligrosas escenas de riesgo de una película o ayudando a unos ladrones a escapar de la policía: lo único que parece dar sentido a su vida es dominar el coche como si fuera una extensión de su propio cuerpo. Al igual que el héroe del western clásico, el conductor adora la velocidad y el movimiento y se resiste a permanecer quieto, de ahí que jamás hable de su pasado ni de sus expectativas de futuro.

     Y es que el protagonista de Drive guarda muchas cosas en común con los héroes del western, como la lealtad, el honor o el apego a un férreo código moral que le permite conservar su humanidad en una densa jungla de asfalto nocturna y asfixiante. No obstante sus silencios, su soledad y su profesionalidad le relacionan íntimamente con dos personajes tan inolvidables como el asesino a sueldo de El silencio de un hombre (Le samouraï, Jean-Pierre Melville, 1967) y el anónimo conductor de Driver (The driver, Walter Hill, 1978). Tan astutos como desamparados, tan románticos como violentos, los tres antihéroes interpretados respectivamente por Alain Delon, Ryan O’Neal y Ryan Gosling viven al margen de la ley sin mayor ambición que la de ser los mejores en su trabajo, al menos hasta que sus rutinas diarias, tan escrupulosamente ordenadas como carentes de calor humano, sufren un traspiés con la llegada de una mujer. En el caso de Drive esa mujer es Irene (Carey Mulligan), la tierna y dulce muchacha que vive con su hijo Benicio (Kaden Leos) en el mismo bloque de apartamentos que el conductor. Entre los dos rápidamente surgirá un amor platónico y trágico, imposible de consumar: tal y como se aprecia en la ya famosa secuencia del ascensor, en la que el conductor besa apasionadamente a su amada segundos antes de acabar brutalmente con la vida de un peligroso matón, proteger a Irene y apartarla de su mundo de crimen y corrupción supondrá para el protagonista mostrarle su cara más violenta y agresiva; significativamente la secuencia termina con la puerta del ascensor cerrándose entre los dos enamorados, separándoles irremediablemente en dos mundos opuestos.

     Si la trama de Drive, con sus gángsters de poca monta y sus atracos que nunca salen como estaban previstos, sigue la tradición del mejor cine negro, el director Nicolas Winding Refn se esfuerza en darle a la película una pátina visual y sonora que la asemeje al cine policíaco de los 80. De ahí esas tomas nocturnas de Los Ángeles con sus inconfundibles luces de neón; de ahí esas canciones de sabor ochentero armónicamente complementadas por la música incidental de Cliff Martinez; de ahí, incluso, la curiosa grafía de los títulos de crédito, tan apropiada como deliberadamente hortera. Pero, más allá de que se sintonice o no con esa estética de los 80, no cabe la menor duda de que desde un punto de vista visual Drive es una película elegante y estilizada hasta el extremo, con un magnífico uso de la pantalla panorámica y una espléndida y colorista fotografía de Newton Thomas Sigel.

     Nicolas Winding Refn es uno de esos cineastas que confían plenamente en el poder de las imágenes para narrar sus historias y describir los sentimientos y las emociones de sus personajes. En Drive los diálogos son escasos, por lo que el cineasta dota de una gran importancia a los gestos, las miradas y las actitudes de sus excelentes actores para dotar de vida a los personajes. Existen brillantes ejemplos a lo largo de toda la película: la contemplativa mirada con la que el protagonista observa la ciudad de Los Ángeles desde su ventana en repetidas ocasiones; el modo en que detiene brevemente su coche cuando Irene le comunica que su marido está a punto de salir de la cárcel; la indiferencia con la que unas bailarinas de striptease asisten a la brutal paliza que el dueño del local en el que trabajan recibe de manos del conductor; el sudor y los repentinos temblores que se apoderan del habitualmente inmutable conductor cuando descubre la identidad del agresivo gángster al que se enfrenta… Igual de significativo resulta el diferente modus operandi ejercido por el protagonista en los diferentes delitos en los que participa: en los primeros atracos en los que se ve envuelto vemos cómo el conductor se limita a esperar en el coche mientras los ladrones llevan a cabo el hurto; por el contrario, cuando cerca del desenlace se decida a eliminar a un mafioso que está poniendo en peligro a Irene y a su hijo, el conductor, oculto tras una inexpresiva máscara, sí saldrá del coche para observar a su presa y planificar su asesinato, demostrando que en esta ocasión se trata de un asunto personal.

     No menos ejemplar resulta la puesta en escena de las secuencias de acción. Sin ir más lejos la excelente secuencia inicial, anterior a los títulos de crédito de la película, describe a la perfección la profesionalidad del conductor mientras ayuda a unos ladrones a escapar de un atraco, eludiendo inteligentemente la vigilancia policial gracias a su gran conocimiento de la ciudad angelina: la precisa planificación de la secuencia, con la cámara casi siempre en el interior del coche del conductor, transmite elocuentemente su astucia al volante y la frialdad con la que acomete los trabajos que se le encomiendan. Muy diferente es la posterior persecución que se produce tras un atraco que ha finalizado de manera trágica: en esta secuencia, mucho más rápida y adrenalítica que la anterior, abundan los movimientos de cámara y las planos que recogen las frenéticas maniobras de los coches desde el exterior, describiendo el nerviosismo del conductor ante una situación que se le escapa de las manos.

     Mucho se ha hablado de las abundantes dosis de violencia de esta película, cuya explicitud va incrementándose a lo largo de su ajustado metraje. Sin embargo incluso los momentos más sangrientos están perfectamente planificados por Nicolas Winding Refn con el fin de conferirles un sentido dentro de la narración. Así sucede por ejemplo cuando el gángster Bernie Rose (Albert Brooks) se ve obligado a eliminar a un viejo colega con el fin de mantener intacta su reputación: la manera en la que Bernie comete el asesinato, dándole un apretón de manos a su amigo mientras con la otra mano le corta las venas, transmite tanto la traición a su amistad que supone tal acto (el apretón de manos convertido en una mortal distracción) como los remordimientos que siente Bernie ante el crimen que está cometiendo (el apretón de manos como muestra de lo que queda de una vieja amistad y como piadoso método de dar muerte del modo menos doloroso posible). Momentos como éste confirman el talento de Nicolas Winding Refn y convierten a Drive en uno de los mejores y más personales thrillers de los últimos años.


jueves, 15 de diciembre de 2011

Fin del mundo a ritmo de Wagner: MELANCOLÍA



     Resulta realmente curioso que dos películas como El árbol de la vida (The tree of life, Terrence Malick, 2011) y Melancolía (Melancholia, Lars von Trier, 2011) hayan sido estrenadas prácticamente al mismo tiempo. Lo cierto es que, por más que se trate de dos cintas extremadamente diferentes, hay numerosos y llamativos nexos que las relacionan entre sí. Las dos se centran en el intimista retrato de una familia al tiempo que reflexionan sobre el destino de los seres humanos, recurriendo en ambos casos a puntuales pero impactantes imágenes del espacio exterior, mostrando el origen de la vida en nuestro planeta en El árbol de la vida y la destrucción de toda existencia en él en Melancolía. Además ambas películas centran su atención en dos personajes que se enfrentan de un modo diferente a las tragedias que se les avecinan: el matrimonio interpretado por Brad Pitt y Jessica Chastain que sufre la pérdida de uno de sus hijos en la película de Malick y las dos hermanas encarnadas por Kirsten Dunst y Charlotte Gainsbourg que presencian el fin del mundo en la de von Trier. Sin embargo El árbol de la vida es vitalista, luminosa y esperanzadora, mientras que Melancolía es mortecina, sombría y nihilista.

     Melancolía se inicia con un magnífico prólogo de alrededor de diez minutos de duración, enteramente filmado a cámara lenta y sin diálogos ni sonidos ambientales. Como si se tratara de la obertura de una ópera -no en vano la música que acompaña esta secuencia es el preludio compuesto por Richard Wagner para Tristán e Isolda-, Lars von Trier nos presenta los personajes, los temas e incluso los estados de ánimo que explorará posteriormente a través de una hipnótica sucesión de imágenes: Justine (Kirsten Dunst), con el rostro descompuesto, fijando su mirada en la lejanía mientras a sus espaldas unos pájaros caen muertos del cielo; el lienzo de Pieter Brueghel Los cazadores en la nieve siendo reducido a cenizas por la acción del fuego; una desesperada Claire (Charlotte Gainsbourg) avanzando pesadamente a través de un campo de golf con su hijo Leo (Cameron Spurr) en brazos; un caballo desplomándose sobre el suelo mientras el horizonte se oscurece dramáticamente; Justine, esta vez vestida de novia, tratando de correr campo a través mientras la hierba y los árboles tratan de impedirle el paso; el cuerpo de Justine flotando sobre el agua de un riachuelo como si fuera la Ofelia de John Everett Millais; el gigantesco planeta Melancolía chocando finalmente contra la Tierra…

     Las óperas wagnerianas, el prerrafaelismo, la pintura flamenca, Shakespeare… Las referencias culturales son constantes pero no gratuitas a lo largo de este prólogo: tal y como el espectador irá comprobando durante el resto del metraje, estas imágenes iniciales son alegorías de las ideas básicas sobre las que gira Melancolía. De este modo la cita de la Ofelia creada por Shakespeare y pintada por Millais sirve para sugerir el trastorno bipolar que padece Justine; la alteración mostrada por Claire describe su sentido de la responsabilidad y su carácter tan diferente al de su hermana; los lienzos de Brueghel y Millais reaparecen posteriormente en forma de reproducciones guardadas en la biblioteca de Claire; la imagen del caballo cayendo rendido al suelo representa la imposibilidad de evitar el destino, adelantando además el extraño comportamiento que mostrarán los animales a medida que el planeta Melancolía se vaya acercando a la Tierra; el plano de la vegetación impidiendo la huída de Justine hace referencia a uno de sus sueños recurrentes… De todos modos quizá no haya una imagen más simbólica que aquélla en la que Justine, Leo y Claire aparecen en un lujoso jardín en plena noche, cada uno de ellos coronado por un diferente astro (Melancolía, la luna, el sol) en representación de sus caracteres contrapuestos. Asimismo las apocalípticas imágenes de la destrucción de la Tierra, que no se producirá hasta el desenlace, dejan un poso de fatalismo que perdurará durante toda la película, convirtiendo el estado depresivo de Justine en una inquietante premonición.

     Tras este prólogo la acción de Melancolía se desarrolla a lo largo de dos actos. El primero está visto desde el punto de vista de Justine y describe con meticulosidad la celebración de su enlace matrimonial con Michael (Alexander Skarsgård) en la suntuosa mansión de John (Kiefer Sutherland), el adinerado marido de Claire. Lo que en principio debería ser una celebración cálida y emotiva, poco a poco va convirtiéndose en un extenuante desfile de hipocresía que revela la cara más egoísta de todos cuantos rodean a Justine: Gaby (Charlotte Rampling), la madre de Justine y Claire, aprovecha la ocasión para mostrar públicamente el resentimiento que siente hacia su exmarido Dexter (John Hurt); Jack (Stellan Skarsgård), padre de Michael y jefe de la recién casada, se sirve de la ceremonia para exigirle a ella nuevas ideas para un slogan publicitario; John le reprocha a Justine su desinterés por guardar las apariencias durante una boda que, como recuerda constantemente, le está costando un dineral… Mientras su carácter depresivo aflora cada vez con mayor intensidad, empujándola a subvertir todo tipo de convenciones sociales, la joven mujer se siente cada vez más intrigada por una extraña estrella que observa en el cielo…

    La segunda parte de Melancolía está narrada desde el punto de vista de Claire, quien unos meses después de la boda se presta para cuidar de su hermana cuando ésta ya ha entrado en una profunda depresión. Es en este punto del relato cuando la amenaza de un cataclismo global empieza a manifestarse. Melancolía, un planeta de enormes dimensiones que se ha desviado de su órbita para acercarse peligrosamente a la Tierra, provoca lentamente el pánico y la angustia de Claire ante la posible pérdida de su vida y de la de sus seres queridos, por más que John, aficionado a la astronomía, le asegure que ese planeta tan solo pasará cerca del nuestro y que por tanto no existe peligro alguno. Sin embargo la que mostrará una actitud cada vez más extraña es Justine, quien llegará a proclamar que lo mejor que le podría suceder a nuestro planeta es dejar de existir.

     Es durante este segundo acto cuando Justine demuestra un inesperado don para el presagio, lo que la llevará a predecir el inminente impacto de Melancolía contra la Tierra; de hecho podría interpretarse que las imágenes del prólogo no eran otra cosa que las premoniciones de la protagonista sobre su trágico destino. Otra importante secuencia que describe el carácter de la protagonista es aquélla en la que su hermana la observa a escondidas mientras ella expone su cuerpo desnudo a la luz del cada vez más cercano planeta. Detalles como éstos sugieren la idea de que quizá Justine tenga alguna inexplicable capacidad para atraer a Melancolía; yendo más allá, no resulta descabellado pensar que su tendencia a la depresión venga motivada por su íntima y profunda certeza de la próxima desaparición de toda forma de vida.

     Habrá a quien Melancolía le parezca una obra excesivamente pretenciosa, pero resulta difícil negar su brillantez y la extraordinaria belleza de sus imágenes, debida en gran parte al director de fotografía Manuel Alberto Claro. Además se trata de una película que sabe mirarse a sí misma con distancia e ironía, tal y como demuestran esporádicos apuntes humorísticos como el estoicismo con el que el mayordomo (Jesper Christensen) y el organizador de bodas (Udo Kier) aguantan las salidas de tono surgidas durante la celebración del matrimonio de Justine, sin olvidar el cinismo con el que está observado el ciego racionalismo de John hasta que éste comprueba dramáticamente los errores de sus tan admirados científicos. Quien se acerque a esta película libre de prejuicios podrá admirar la brillante labor de todos los miembros del reparto, destacando muy especialmente la de una excelsa Kirsten Dunst en una interpretación sencillamente antológica.