lunes, 20 de junio de 2011

X-MEN: PRIMERA GENERACIÓN: Lo que sucedió realmente en la crisis de los misiles cubanos


     Vaya por delante que desconozco por completo los cómics protagonizados por los X-Men, a excepción de la espléndida novela gráfica Lobezno: Honor, escrita por Chris Claremont e ilustrada por Frank Miller. Sin embargo ese desconocimiento no me ha supuesto un obstáculo para seguir con cierto interés la saga cinematográfica dedicada a la patrulla X, llegando incluso a disfrutar de sus dos mejores entregas: la espectacular X-Men 2 (X2, Bryan Singer, 2003) y la brillante X-Men: Primera generación (X-Men: First class, Matthew Vaughn, 2011).

     Siguiendo la tendencia impuesta por películas como Batman begins (id, Christopher Nolan, 2005) o Casino Royale (id, Martin Campbell, 2006), X-Men: Primera generación se aparta de los títulos precedentes de su serie para viajar al pasado y explorar los orígenes de sus principales personajes. Este planteamiento acaba beneficiando enormemente a la película de Vaughn puesto que le permite profundizar en uno de los aspectos más interesantes de la saga: la relación entre Charles Xavier, alias Profesor X (James McAvoy), y Erik Lehnsherr, alias Magneto (Michael Fassbender), dos amigos que acabarán enfrentándose por sus opiniones encontradas acerca del modo en que los mutantes deben integrarse en la sociedad. Este viaje a la génesis de los mutantes también incluye la aparición de otros viejos conocidos de la saga como Raven, alias Mística (Jennifer Lawrence), o Hank McCoy, alias Bestia (Nicholas Hoult), mostrando qué les lleva a posicionarse al lado de Xavier y su pacifista proyecto de integración social o al de Erik y sus vengativos planes de lucha contra una humanidad a la que odia.

     Otro gran acierto de la película, y que a mi modo de ver la enriquece notablemente, es su ambientación histórica. Recuperando y ampliando una idea ya presente en la primera entrega de la serie firmada por Bryan Singer, X-Men: Primera generación arranca con un intenso prólogo situado en 1944 en el que un joven Erik pone al descubierto su dominio de la telequinesia cuando es recluido en un campo de concentración nazi. A continuación la acción da un salto hasta 1962 y se sitúa en uno de los episodios más intensos de la guerra fría: la crisis de los misiles cubanos. De este modo los responsables de la película (entre los que se encuentra el propio Singer en calidad de guionista y productor) contextualizan el sencillo pero eficaz discurso sobre la intolerancia ya presente en las anteriores aventuras de los X-Men en momentos históricos precisamente marcados por diversas formas de discriminación: el antisemitismo de la Alemania nazi o el anticomunismo y el anticapitalismo inherentes a la política de bloques de la guerra fría.

     De hecho la película de Vaughn acaba proponiendo una visión alternativa de la crisis de los misiles cubanos como parte del plan del villano Sebastian Shaw (Kevin Bacon) para exterminar a la raza humana. Shaw, precisamente el científico nazi a lo Josef Mengele que realizó oscuros experimentos con el joven Erik en el campo de concentración, pretende provocar una guerra nuclear de la que solo puedan sobrevivir los mutantes como él, en un intento de acelerar el proceso de selección natural que a la larga supondrá la imposición de los mutantes sobre los humanos. De ahí que Shaw y sus esbirros se sirvan de sus habilidades sobrenaturales para coaccionar a políticos y militares tanto estadounidenses como soviéticos con el fin de llevar hasta el límite la carrera armamentística de ambas potencias, provocando directamente el envío de misiles norteamericanos a Turquía y de armas nucleares soviéticas a Cuba. La batalla final entre los mutantes comandados por Shaw y la recién formada patrulla X tendrá lugar precisamente durante el famoso bloqueo naval a Cuba ejercido por la marina estadounidense a fin de impedir la llegada a la isla de nuevos misiles soviéticos; el devenir de los acontecimientos (atención: SPOILER) dará lugar a una insólita situación en la que soldados norteamericanos y rusos acabarán uniendo momentáneamente sus fuerzas para hacer frente a la amenaza mutante.

     X-Men: Primera generación se beneficia no solo de un sólido guión sino también de una inspirada puesta en escena de Matthew Vaughn, en mi opinión mucho más acertado aquí que en su sobrevalorada Kick-ass (id, 2010). Vaughn consigue aportar ritmo al relato con una lograda combinación de elegancia y espectacularidad, introduciendo además sutiles guiños al cine de los 60: véase el decorado de la sala de guerra, claramente inspirado en el que aparecía en ¿Teléfono rojo?, volamos hacia Moscú (Dr. Strangelove or: How I learned to stop worryng and love the bomb, Stanley Kubrick, 1964), o los lujosos artilugios usados por el villano, que inevitablemente traen a la memoria las primeras películas de James Bond; todo ello sin olvidar la secuencia en la que la pantalla se divide en varios segmentos, en lo que también puede verse como una referencia a las viñetas de los cómics.

     Parte del encanto de X-Men: Primera generación decae cuando se centra en la descripción de los más jóvenes integrantes de la patrulla X, en parte porque es en estos momentos cuando el relato se aparta de lo que más interesa: la conversión de Erik en el malvado Magneto, de quien Michael Fassbender brinda una sensacional y antológica interpretación. Por tanto no es de extrañar que los mejores momentos de la película estén todos protagonizados por Erik: la dramática secuencia perteneciente al ya citado prólogo en la que Shaw amenaza con asesinar a la madre de Erik si éste no es capaz de mover una moneda con la mente; el breve pero intenso episodio situado en Argentina, lugar al que un ya adulto Erik viaja en busca de nazis evadidos de la justicia; el espectacular momento en el que, valiéndose de su capacidad para mover objetos metálicos, el mutante consigue hacer emerger un submarino y levantarlo en el aire; o, muy especialmente, (atención: SPOILER) la consumación final de su venganza contra Shaw, momento visualizado por Vaughn con una brillante combinación de travellings laterales de izquierda a derecha, sugiriendo de este modo la irreversible transformación de Erik en Magneto que tal acto conlleva. La magnífica banda sonora de Henry Jackman y las más que correctas interpretaciones ponen el broche de oro a una película que ya puede considerarse junto con Spider-man 2 (id, Sam Raimi, 2004), El caballero oscuro (The dark knight, Christopher Nolan, 2008) y Hellboy II: El ejército dorado (Hellboy II: The golden army, Guillermo del toro, 2008) como una de las mejores aventuras de superhéroes de los últimos años.


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